Lo confieso: desde que visité Palexco –el todo bautizado como la parte– caí rendido a su encanto. Craso error: no seré yo un Ulises promotor de herejías que contraríen al primer coruñés. Por eso, escucho los cantos de sirena que menoscaban el proyecto multimillonario de dos arquitectos de lujo porque se levantó sin licencia.

Hago mías las voces que tildan el edificio de suntuosa «chatarra» varada en el corazón de la ciudad.

Arropo a quienes sostienen que el último cultura templum oculta la visión del mar y posee una estructura interior de código penal. Apoyo, en fin, a quienes utilizan el anecdótico aterrizaje de una loseta del falso techo sobre el cráneo de una visitante, el día de la inauguración, para propagar infundios letales. Alcalde Vázquez propone y el coruñés dispone. Amén.