Verónica Forqué
La actriz Verónica Forqué. Jorge París

Charlamos con Verónica Forqué minutos antes del estreno en Madrid de la comedia La abeja reina, que representa a las órdenes de Miguel Narros, con Miguel Rellán y Juan Díaz. La encontramos nerviosa, algo sorprendente cuando se trata de una actriz cuya trayectoria avalan cuatro premios Goya. ¿El motivo? Su madre se va a sentar este lunes en el patio de butacas y la verá por primera vez interpretar a Flora Humble. "Para una hija la opinión de su madre es la más importante; quiero gustarle, que le llegue el personaje que hago", explica.

Espera, pues, su juicio.

Claro. Ten en cuenta que mi madre fue actriz de joven y sabe muchísimo de teatro. Todo lo que me dice me sirve. Espero que sean cosas buenas (ríe).

¿Cómo es Flora?

Una mujer frívola, una malísima madre, una persona profundamente insatisfecha que tiene horror a la vejez. Es un personaje muy rico, diferente a todo lo que he hecho, porque tiene mal genio.

Y a pesar de todos estos defectos, atrae a un hombre.

Claro, porque con él es de otra manera. Los seres humanos no somos iguales con todo el mundo.

Dice Narros que estos personajes son "muy egoístas respecto a su mundo interior". ¿Le ha ocurrido a usted?

Sí, hay veces que nos cerramos al otro o a la vida. O nos negamos a ver cosas de nosotros mismos que nos harían crecer. Hay que estar siempre muy abierto, de mente, de corazón; cerrarse sólo sirve para ponerse límites y sufrir, y en esta vida estamos para estar alegres. Pero nos cuesta mucho entenderlo.

¿Quién le ayuda a usted en ese sentido?

Los grandes maestros espirituales a los que leo desde que era joven: Ramana Maharshi o Yogananda o Jesús o Sali Baba. Trato de mirarme hacia dentro y de pensar que los demás casi nunca tienen la culpa de lo que nos sucede.

¿Estaba usted abocada a ser actriz?

Parece que sí. En mi casa se hablaba de lo maravilloso que era Jack Lemmon y de lo maravillosa que era Catherine Hepburn. Aunque mi hija también se ha criado en ese ambiente y no es actriz. Pero yo desde que era muy pequeña tenía una vocación muy fuerte, quería ser como Conchita Velasco; iba al plató donde mi padre rodaba y la veía tan guapa (ríe).

Y ahora, en su casa, vuelve a estar en el mismo ambiente. ¿Se habla mucho de trabajo?

Sí, claro, no se evita. Para los que nos dedicamos a esto, es un trabajo, porque nos ganamos la vida con él, pero también es una pasión, algo que nos da emoción y vida. Hay días duros en los que uno se da cuenta de que el otro no quiere hablar y hay que dejarlo, pero normalmente hablamos de lo que nos pasa.

¿Tiene la televisión un poco abandonada?

He hecho cosas muy bonitas en televisión y no quiero volver con una cosa que me dé lo mismo. Yo no trabajo sólo por dinero. Espero que llegue un proyecto que verdaderamente me mueva. Espero volver. Si Dios quiere.

¿La profesión de actriz se lleva a la tumba?

No lo sé. Desde luego no me veo jubilada en una ciudad del mar sin hacer nada, me veo siendo útil de alguna manera hasta el día de mi muerte, pero no sé si seguiré siendo actriz hasta que sea muy mayor. Pienso poco en el futuro.

Miriam Díaz-Aroca y María Barranco, a quienes dirige en Adulterios, nos aseguraron que se sienten comprendidas por usted como directora.

Trato de que los actores no se sientan solos y abandonados. En seguida noto cuando un actor se siente incómodo o está sufriendo porque como actriz yo también sufro mucho cuando ensayo. Es lo mejor que puedo aportar como directora.

¿Y usted qué le pide al director?

Que me dé mucha libertad y que sea muy crítico.