Gervasio Sánchez: "Seguir a las víctimas te da las razones para seguir en el periodismo"

  • El fotoperiodista lleva al Círculo de Bellas Artes de Madrid los 25 años de su proyecto Vidas Minadas, en el que resume en un centenar de imágenes su trabajo a favor de las víctimas de las minas antipersona.
  • Nunca fue fácil ser periodista en El Salvador
fotografo: Jose Gonzalez Pérez [[[PREVISIONES 20M]]] tema: Reportaje con Gervasio Sánchez enseñándonos su última exposición
Gervasio Sánchez, fotografiado en su muestra Vidas Minadas, 25 años, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. 
JOSÉ GONZÁLEZ
fotografo: Jose Gonzalez Pérez [[[PREVISIONES 20M]]] tema: Reportaje con Gervasio Sánchez enseñándonos su última exposición

Lleva más de cuarenta años recorriendo el mundo para denunciar los daños que los conflictos armados infligen a sus pueblos. Y lo hace poniendo cara a los que no tienen voz, a los inocentes, a los que más sufren la guerra. Pero el horror de lo visto y vivido en Ruanda, en El Salvador, Afganistán, el Congo o los Balcanes no han minado el ánimo de Gervasio Sánchez. El botón de su cámara está desgastado de tanto disparo, en esta ocasión, fotográfico. Y en lucha continua para denunciar las injusticias y la sinrazón.

A pesar de ser un viajero impenitente tiene en Madrid un sitio que siente como un hogar. En el Círculo de Bellas Artes de Madrid expuso por primera vez su proyecto Vidas Minadas, que le llevó casi sin pretender, y animado por una revista del corazón, a ser testigo y altavoz de los afectados por las minas antipersona. "Yo llevaba ya 15 años visitando zonas en conflicto y estaba cansado de cuantificar víctimas. En 1994 pasé cinco semanas en Ruanda, donde en solo tres meses murieron un millón de personas, vecinos contra vecinos, sin armas de fuego. Si entonces me llegan a decir que me iba a centrar en esto hubiera respondido: ‘Estáis locos’”. Corría el año 1997, el mismo en el que el Tratado de Ottawa prohibía las minas antipersona y el Nobel de la Paz se concedía a Jody Williams, una activista contra estos artefactos.

Hoy vuelve al mismo escenario para mostrar, un cuarto de siglo más tarde, la continuación de una muestra que a pesar de basarse en las consecuencias de los proyectiles y los explosivos, está llena de supervivencia e, incluso, de optimismo. El que transmiten con sus ojos Joaquina, Sokheurm o Adis. Sus vidas quedaron minadas, pero en absoluto acabadas. A la mayoría los conoce desde hace 30 años, pero sigue en contacto con ellos. Y la exhibición supone un paseo por cómo han seguido caminando por la vida aquellos a los que una bomba les arrebató una pierna o les dejó ciegos. Pero cuya fortaleza no ha permitido que un explosivo les definiera ni les negara seguir adelante.

Tres imágenes tomadas por Gervasio al camboyano Sokheurm, dos con su padre y la última, con su hijo
Tres imágenes tomadas por Gervasio al camboyano Sokheurm, dos con su padre y la última, con su hijo
Gervasio Sánchez

"En África, si te pasa algo así como para perder las dos piernas, tienes que levantarte al día siguiente y seguir. No saben lo que es la depresión", cuenta Gervasio. Su papel con las víctimas, dice con modestia, es de mero acompañante. La primera vez que conoció a los afectados por minas antipersona en Angola, Mozambique, Camboya, Afganistán o Irak,  gracias a órdenes religiosas o ONG, pidió a sus retratados poder seguir su día a día como una sombra, sin que se vieran condicionados por la presencia de una cámara. Y así, durante 25 años, ha trazado una especie de biografía visual del dolor, pero también de la fortaleza y del renacimiento.

"Para mí, son como de la familia", comparte. Y no con la boca pequeña. Una gran imagen preside la exposición, en cartel hasta el 17 de abril, nada más entrar. En ella se ve a la mozambiqueña Sofía con cuatro de sus cinco hijos. La primera vez que la retrató, hacía poco que se había quedado sin las dos piernas tras pisar una mina mientras recogía leña junto a su hermana María, de 8 años, que falleció después como consecuencia de las heridas que sufrió. Años después, en otra de sus visitas a Mozambique, Sofía estaba embarazada de nueve meses. Gervasio le acompañó en el paritorio y fotografió el nacimiento de Ana María. "Me iba a ir a Siria, pero el viaje no salió adelante. Y decidí volver a Mozambique. Cuando llegué, ella estaba de 9 meses, pero ese día había siete partos en el hospital y me pidieron quedarme con ella hasta que empezara a coronar la niña". 

También asistió al parto de su último hijo, que ahora cumple dos años. ¿El nombre del pequeño de la familia? Gervasito. "He estado en más partos de Sofía que de mi mujer", bromea. Como atenuante, hay que decir que el periodista cordobés, afincado en Zaragoza cuando los viajes le dan un momento de asueto, solo tiene un hijo: Diego.

Sus protagonistas pueden contar qué supone para una persona toparse con una mina, las secuelas físicas y mentales que dejan durante años. Actualmente, se calcula que puede haber más de 100 millones de explosivos escondidos en el subsuelo en alrededor de 60 países. Y todas las historias no tienen un final ni siquiera agridulce. Mientras recorre los pasillos del Círculo de Bellas Artes, Sánchez se detiene en algunas de las imágenes que durante décadas ha tomado de Justino Pérez, un nicaraguense que perdió una pierna a los 20 años y al que acompañó, por ejemplo, cuando tuvo que pasar de nuevo por quirófano años después. 

"A los mutilados le cortan a veces poco, les crece el hueso posteriormente y tienen que operarles de nuevo porque no pueden ponerse la prótesis", informa. Según el país en el que vivan los heridos, es más complicado acceder a ayudas o a una sanidad pública que cubra sus necesidades. "En países como Angola, a las víctimas les ayuda el proyecto de Lady Di. En otros, se apoyan en Cruz Roja Internacional. En Nicaragua, por ejemplo, llega con cuentagotas y los amputados no tienen subvenciones públicas".

En 2006, Gervasio volvió a buscar a Justino al pueblo de montaña donde vivía. Y no daba con él. El reencuentro fue posible gracias a un mensaje que transmitió una radio local. "Hoy es fácil hablar con todos gracias al whatsapp, pero antes era difícil mantener el contacto", lamenta. Con Justino, desgraciadamente, no habrá más reencuentros. Murió hace ahora un año, a los 47 años, de un problema hepático.

Ponerse en pie a pesar de las dificultades

Con el paso de los años, los lazos se han ido estrechando con sus retratados, a pesar de la distancia. E, incluso, sin ella. En los noventa, una mina le arrebató una pierna al afgano Medy Ewaz Ali. Era tan pequeño que ni siquiera lo recuerda. Cuando los talibanes se hicieron de nuevo con el país, Gervasio le ayudó a trasladarse a Madrid, donde vive en la actualidad. En el querido Sarajevo donde el fotógrafo retrató la guerra de los Balcanes -y esa imagen icónica y atroz de la biblioteca de la ciudad, en ruinas, atravesada por un haz de luz- , Gervasio encontró a Adis, un pequeño que con 13 años perdió un ojo y un brazo mientras jugaba al fútbol con sus amigos. Hoy, casado y con dos hijos, no se ve limitado por las heridas. 

El deporte también le ayudó a Sokheurn Man, un camboyano herido por una mina cuando a los 13 años iba de camino al colegio y en cuya detonación murió su mejor amigo. Su familia tuvo que vender la cosecha de arroz para financiar la operación en la que le amputaron la pierna, pero eso no detuvo nunca sus juegos con el resto de compañeros. Actualmente, tiene dos hijos y dirige una ONG. También la vida ha acabado por sonreírle al salvadoreño Manuel Orellana, al que una detonación le arrancó ambas piernas en un cafetal en el que trabajaba a principios de los noventa. Hace unos días, cuando Gervasio regresó al país para cubrir las elecciones, le contó que tres de sus cuatro hijos han estudiado en la Universidad.

fotografo: Jose Gonzalez Pérez [[[PREVISIONES 20M]]] tema: Reportaje con Gervasio Sánchez enseñándonos su última exposición
Sánchez, durante una de las visitas guiadas que ha llevado a cabo para enseñar la muestra
JOSÉ GONZÁLEZ

Desde las paredes del Círculo de Bellas Artes, también mira al visitante la angoleña Joaquina Natchilombo, a quien sorprendió una explosión cuando viajaba en furgoneta para ir al mercado a vender maíz. Allí se dejó mucho más que una pierna: murieron su hija de 14 años y su hermana, de solo 15. Las siguientes imágenes que le tomó Gervasio, durante los años posteriores, demuestran su resiliencia. Con 70 años, la cámara la refleja caminando cinco kilómetros diarios, sin la prótesis, que ya se ha quitado sin pudor, y transportando kilos de maíz sobre su cabeza.

Quizá la historia más dura, si es que alguna de las que muestra el fotoperiodista es fácil, es la de la colombiana Mónica, que no solo sufrió la amputación de una mano y varios dedos de la otra por la explosión de una mina cuando solo contaba con 7 años. También perdió la visión. Acabó en centros de acogida donde sufrió abusos sexuales. A sus 18, y ya en casa de su abuela Carlina, el fotoperiodista la animó a seguir adelante, a estudiar y a labrarse un futuro. Y en algunas de las imágenes más recientes, se puede leer en Mónica una tímida sonrisa.

Y ¿por qué sigue una persona que ha recibido el Premio Nacional de Fotografía, el Cirilo Rodríguez o el Ortega y Gasset, y que la Unesco nombró Enviado Especial por la paz, volviendo de nuevo a los mismos escenarios, reuniéndose con la misma gente? Para el autor no es una carga; es un deber. "Vidas minadas se ha convertido para mí en un proyecto de anclaje moral y ético. Seguir a las víctimas te da razones para seguir en el periodismo”, comparte Gervasio, justo antes de iniciar una visita guiada para un nutrido grupo de asistentes que se entregan a sus explicaciones. "La guerra… es un negocio", comienza Gervasio su intervención. Y lleva muchas a sus espaldas como para no interiorizar su mensaje.

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