El infierno de Eduard tras luchar en Mariúpol y no poder volver a andar: "Abrazaba su rifle Kalashnikov cuando le cambiaban las vendas"

Un soldado ucraniano en el puerto de Mariúpol.
Un soldado ucraniano en el puerto de Mariúpol.
EFE

De todas las entrevistas realizadas durante esta guerra, hay una que cuesta olvidar. El 25 de febrero, Janna, una profesora de lengua alemana de 78 años, me cuenta que lleva toda su vida en Mariúpol. Le pregunto en varias ocasiones si planea dejar la ciudad porque todo indica que se convertirá en zona caliente. Y siempre recibo la misma respuesta: nunca abandonará su ciudad natal. “Mariúpol está tranquila y así seguirá. Somos una fortaleza. Aquí están las mejores fuerzas, nuestros chicos… no solo [el batallón] Azov, también los marinos. Nos defenderán", decía con orgullo.

Pocos días después se pierde cualquier conexión con ella. El edificio en el que vive se quema desde las primeras plantas. Los vecinos cuentan que está herida pero desconocen qué ha sido de ella. Yo tampoco lo sé. Lo único que hay de cierto son sus previsiones: los defensores de Mariúpol se han quedado defendiendo a su ciudad bajo los bombardeos de Putin.

“Querido pueblo ucraniano. Pase lo que pase te pido que nos recuerdes con unas pocas palabras: hicimos todo lo posible y lo imposible”. Así termina la carta publicada en Facebook de un miembro de la 36ª brigada naval de Mariupol. La misiva no representa la posición oficial de la brigada -solo la de un marino- y denuncia las promesas incumplidas por el gobierno ucraniano de ayudarles y no dejarles solos contra un Ejército, el ruso, que les supera en efectivos.

Imagen de la ciudad de Mariúpol.

“Hemos defendido Mariúpol con diligencia, haciendo lo imposible. Pero cualquier recurso puede agotarse. Toda la infantería ha muerto y los artilleros, oficiales de enlace, conductores y cocineros dirigen las batallas. Incluso una orquesta. Mueren, pero luchan. Estamos llegando al final”, asegura el marino tras 47 días defendiendo la ciudad portuaria del mar de Azov. El gobierno ucraniano insiste en que hacen todo lo posible para ayudarles. ¿Es posible desbloquear ahora Mariupol estando rodeada de tantos soldados rusos y bajo constantes bombardeos? Es la pregunta que se hacen ahora los expertos. Algunos sugieren ya que Ucrania no tiene recursos militares para salvar a los que quedaron dentro. 

Hemos defendido Mariúpol con diligencia, haciendo lo imposible. Pero cualquier recurso puede agotarse

Mientras tanto, las redes sociales se llenan con mensajes de familiares que siguen buscando a sus hijos revisando las listas de los muertos. Cada día esperan un “+” (en el lenguaje militar es una demostración de acuerdo). "Llevo sin saber qué pasó con mi marido hace ya dos semanas. Me hizo una llamada corta para despedirse de mi…”, dice Irina, de 26 años, que llevan quince días buscando a su marido, de 23, y que se ha quedado sola con sus dos niños de 1 y 6 años.

Un hombre cocina en las calles de Mariupol
Un hombre cocina en las calles de Mariupol
EFE/EPA/SERGEI ILNITSKY

“Aquella carta me pareció sospechosa porque parece que nos quejamos. Los marinos no se quejan y no se rinden. Pero lo que pone es cierto, necesitan ayuda”, explica por su parte Eduard, de 20 años, un soldado de la brigada naval que está hospitalizado. Su pierna está destrozada, tiene dos heridas en la espalda y hombro... y no podrá volver a caminar. Después de salir del “puto infierno” de Mariupol, sigue buscando a su compañero de 18 años que desapareció en la ciudad. “Solo era un niño”, se lamenta.

Eduard firmó un contrato laboral en agosto. Terminó pedagogía para especializarse como profesor de primaria y, a pesar de las protestas de su madre, decidió imitar a su padre y unirse al Ejército. El  26 de febrero fue herido, apenas dos días de iniciarse el ataque de Rusia. “Acordamos que cada día me llamaría para decirme 'estoy vivo' y que luego podría colgar. Pero de repente desapareció y dos días después llegó un mensaje del hospital para decirme que mi hijo estaba en la UCI”, afirma Svitlana. 

El 2 de marzo perdió la conexión con él. Le buscó en todos los hospitales. Eduard recuerda ahora cómo evacuaron la ciudad bajo las bombas y sigue sin creer cómo consiguió escapar de la ciudad. Pese a las heridas y la imposibilidad de caminar, seguía luchando con un rifle Kalashnikov en sus manos. Sus compañeros cuentan que estuvo luchando y cantando el himno de Ucrania en plena refriega. “Mi Eduard nunca creyó en nada", apunta Svitlana; "así que no podía creerme lo que me contaban sus compañeros, que cada vez que le cambiaban las vendas abrazaba su Kalashnikov y cantaba el himno de Ucrania”.

Cada vez que le cambiaban las vendas abrazaba su Kalashnikov y cantaba el himno de Ucrania

Sin armas, sin comida y sin refuerzos… a Eduard le duele recordar todo lo que pasó en Mariupol y los compañeros que ha perdido. Svitlana dice que su hijo todavía no puede comer porciones normales después del hambre que pasó. “Cuando salió de Mariupol encontré en sus bolsillos un trocito pequeño de queso. Un poco de queso y una cucharada de miel. Esa era su comida de todos los días”.

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