Évariste Galois: el álgebra y la revolución

  • Genio precoz de las matemáticas del siglo XIX, vivió apenas 21 años.
  • Apoyó la Revolución de 1830 y pasó 9 meses en la cárcel .
  • Murió en un duelo un día después de redactar sus teorías.
Uno de los pocos retratos del matemático que se conservan.
Uno de los pocos retratos del matemático que se conservan.
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“Se puede ser poeta -escribió Jules Renard en la afilada intimidad de su diario- y llevar el pelo corto. Se puede ser poeta y pagar el alquiler”. Cambiando de profesión (o de vocación): se puede ser matemático y no vivir encerrado en una torre de marfil. Se puede ser matemático y brindar por la revolución y por la muerte de un rey. Se puede ser matemático y batirse en duelo y morir muy joven.

Todo eso se puede ser y todo eso fue Évariste Galois, genio maldito del álgebra (si la literatura dejase algún día vacante el adjetivo) y rebelde delicado, en cuya corta vida -que apenas llegó a los 21 años- cayó un imperio, el Napoleónico, y se extinguió una revolución, la de 1830.

Las audaces teorías de Evariste Galois, aunque no fueron reconocidas hasta la década de 1870, sentaron las bases de buena parte de la matemática moderna. Decisiva fue su aportación a la teoría de grupos, uno de los campos de investigación más fecundos del álgebra del siglo XX, y al desarrollo de una teoría general de las ecuaciones.

Contra Dios y la Monarquía

Cuenta el historiador Eric Hobsbawn, en su clásico Las revoluciones burguesas, que durante la primera mitad del siglo XIX “todos los revolucionarios se consideraban -no sin razón- como pequeñas minorías selectas de la emancipación y el progreso, trabajando a favor de una vasta e inerte masa de gentes ignorantes”.

Évariste Galois hubiera sido uno más de aquellos revolucionarios, uno más de los espíritus vehementes que pululaban por la Francia de las barricadas contra el absolutismo agonizante de Carlos X, salvo por una cuestión: además del compromiso social, Galois albergaba otra pasión, las matemáticas.

La biografía de Galois, hasta su adolescencia, es la de un niño mimado por la vida, un burgués de sólida formación clásica, educado por unos padres liberales, cultos y anticlericales. Alumno “original y extravagante” del mismo Liceo donde estudiaron Robespierre y Victor Hugo, fue allí donde tuvo su precoz idilio con los números y sus primeros roces con la autoridad.

Galois engullía tratados de geometría como si fueran novelas de aventuras; el resto de las asignaturas le habían dejado de importar muy pronto. Con 18 años publica su primer artículo matemático.

Aquel mismo año tienen lugar dos cataclismos: suspende por segunda vez el examen de acceso a la Universidad Politécnica, y su padre, alcalde de una pequeña villa de los alrededores de París, se suicida víctima de un complot político pergeñado por fuerzas reaccionarias. El choque con la élite de las matemáticas oficiales y la hostilidad contra la monarquía y el clero le acompañaron desde entonces y hasta su muerte.

Camaradas del pueblo

1830. La agitación revolucionaria de París conmueve la vida de Galois, que dedica las horas de clase en la Escuela Normal, donde sí fue admitido, a profundizar en los estudios de álgebra, y su tiempo libre a conspirar con los camaradas de la Sociedad de Amigos del Pueblo.

Se presenta a premios: no gana ninguno. Redacta panfletos y artículos de prensa: se gana la expulsión de la Escuela Normal. Se alista en el cuerpo de artillería de la Guardia Nacional: acaba en el calabozo.

El último año de su vida lo comienza con un artículo en los periódicos donde cuestiona la enseñanza científica de las ciencias y arremete contra los académicos. Condenado al ostracismo por el establishment, vive del dinero que obtiene impartiendo clases particulares.

Por poco tiempo. Un brindis por la pronta muerte del Rey Carlos X, durante una tumultuosa cena en honor de un grupo de la Guardia Nacional absuelto de una acusación de traición, le cuesta a Galois nueve meses de prisión.

Descifrando todo ese lío

El matemático ya sólo saldría de la cárcel para morir. Allí, primero en una celda y luego en la habitación vigilada de un centro médico adonde le había conducido su mala salud, redactó su Discurso sobre el progreso del análisis puro.

El 29 de mayo de 1931, un día después de salir de prisión, escribió tres cartas: la primera “a todos los republicanos”; la segunda “a dos buenos amigos”; la tercera, redactada en un estilo conciso, casi aforístico, fue su testamento matemático. “Después de esto -escribe- habrá, espero, gentes que encontrarán provechoso descifrar todo este lío”.

Al día siguiente, Galois es herido de muerte en un duelo. El 31 de mayo, rechazando como haría siglo y medio después Bertrand Russell la consolación de un sacerdote, fallece. Sus biógrafos coinciden en afirmar que sus últimas palabras fueron para su hermano: “No llores, me hace falta todo el ánimo para morir a los 20 años”.

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