Las Bárbaras o el sosiego pétreo

Pocas personas acuden a la iglesia del convento.
Pocas personas acuden a la iglesia del convento.
MONCHO FUENTES

La plazuela de las Bárbaras es un rincón de sobra conocido por los coruñeses, pero poco, muy poco frecuentado. Vecinos y visitantes suelen pasar de largo sin echar más de un vistazo a una pequeña plaza que bien se merece una visita tranquila. Enclavada en pleno corazón de la Ciudad Vieja, junto al colegio de los Dominicos y muy próxima a la Colegiata de Santa María del Campo, la plazuela de las Bárbaras está presidida por el convento de clausura de las Madres Clarisas.

El convento fue construido en el año 1494 en el lugar donde había una ermita dedicada a Santa Bárbara. Durante los siglos posteriores sufrió varias reformas que se dejan entrever sobre todo en la iglesia, a la que se accede por un portón que da a un pequeño patio. En él también se encuentra el torno que permite comunicarse con las monjas de clausura, a las que es tradición llevar huevos como ofrenda para pedir que no llueva en algún evento especial, principalmente en bodas.

El convento ocupa dos partes de la plazuela, en medio de la cual se erige un cruceiro, uno de los pocos que quedan en la ciudad. Está rodeado de pequeños árboles y bancos sobre un suelo empedrado. Lo mejor que se puede hacer en esta plazuela es simplemente estar y dejarse llevar por el sosiego y la paz que transmiten las piedras que le dan forma. Una propuesta solitaria para reponerse de las playas, las terrazas y las calles llenas de veraneantes.

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