Mon Laferte
La cantante Mon Laferte, en una imagen promocional. UNIVERSAL MUSIC

Los 90 fueron la era de Cobain y de los videoclips de la MTV. También de la llamada Generación X: la juventud vestía la frustración bajo sus chupas de cuero, en un contexto social de fuerte consumismo, que abría sus brazos a la llegada de internet.

Por aquel entonces, una jovencísima Norma Monserrat Bustamante Laferte (1983, Viña del Mar, Chile) casaba más con la cultura grunge que con su primer nombre. Era una adolescente "rebelde" que no veía más allá de su vocación: la música.

Ahora vive días de ajetreo  y de jet lag. Mon Laferte entra en la cafetería donde la estamos esperando. Tras las ventanas, el calor incendia la Gran Vía madrileña, pero nosotros estamos a salvo. "No me gusta mi primer nombre, Norma. Es muy duro y yo evito ser una persona rígida. Aun así, ahora mismo puedo gritar [simula un voceo]: '¡Me llamo Norma! ¿Y qué?", empieza sincerándose la chilena, entre risas, sobre su nueva etapa artística.

Ha pasado casi un año del lanzamiento de Norma, el sexto disco de Mon Laferte, pero la gira es larga e intensa. Es la primera vez que pasa tanto tiempo en Europa. De hecho, se ha estrenado este año en los festivales españoles: el pasado 5 de julio actuó en la 3.ª edición del Río Babel (Madrid) y, un día después, en el Portamérica  (Caldas de Reyes, Pontevedra).

El 16 de este mes también presentó sus canciones en el La Mar de Músicas (Cartagena) y este domingo, 28 de julio, tendrá lugar su última actuación en nuestro país, en el Pirineos Sur (Sallent de Gállego). En agosto, continuará en Estados Unidos.

Un tinte cinematográfico y "mucha alma"

La cantante hace con Norma un autohomenaje a su nombre y, al mismo tiempo, emplea el título para aludir a las reglas o los patrones de conducta dentro de las relaciones de sentimentales. "Es un disco conceptual, en el que hablo de las situaciones en la pareja. El amor sigue los mismos patrones: si sabes que algo no funcionó, ¿por qué caer en lo mismo?", explica sobre el concepto del álbum, que también define como "muy vivo, honesto y cinematográfico".

Así, la historia de Norma y Pedro –a quien da vida el actor mexicano Diego Luna– se cuenta a través de una serie de videoclips que, hilados y a golpe de ritmo caribeño, forman una película. "De momento, los vídeos se quedarán en internet, pero quién sabe si llevaré esta historia al cine...", insinúa la artista.

Las experiencias vitales son esenciales en su proceso creativo: "A veces, escribo canciones y no me doy cuenta de que estoy reconstruyendo un momento de mi vida. Norma lo compuse basándome en una relación que tuve. A medida que vivía etapas con mi pareja, fui escribiendo mis temas. Así se formó la historia de este disco: casi sin querer", reconoce.

Esta vez, la artista se desprende del rock de sus comienzos y se sumerge en el folclore y la salsa, guiada por grupos de los años 60 como Fania. Este tono vintage lo aplica, además, en la composición. Junto a Omar Rodríguez-López en la producción, la chilena grabó en los Capitol Studios (Los Ángeles, EE UU) su nuevo álbum, al estilo analógico, en una sola sesión.

"Los discos de antes sonaban muy vivos. Quise probar algo nuevo y, la verdad, me gustó. Se nota que algunas canciones están movidas, pero como ya no se puede editar... Aun así, el álbum tiene mucha alma", confiesa satisfecha. Asimismo, la cantante se plantea nuevos retos de cara al futuro: "No sé si repetiría el proceso. Estuvo bien vivir esta experiencia, pero ahora mismo tengo ganas de todo lo contrario: quiero  jugar en el estudio".

Sus inicios, como las modas: pueden volver

En Norma, Laferte se sale de la monotonía: "Compongo cosas diferentes por necesidad y porque me aburre tocar siempre los mismos géneros", apunta. "También me siento muy inspirada. Últimamente me paro en cualquier sitioa cantar y a componer con mi guitarra, como el otro día en el avión, aunque me miraban raro...", recuerda sonriente.

Se queda un momento en silencio, pensativa, y añade: "No lo digo en el mal sentido, como si me estuviera desenamorando de un sonido, sino que escucho otro nuevo y pienso: ‘¡Vaya, esto también me gusta, quiero hacerlo!’. Soy muy inquieta y siento que cada disco es una oportunidad para experimentar".

A pesar de ello, tampoco descarta volver al estilo de su primer disco, Desechable (2011): "Todas las modas vuelven y las mías tienen que regresar en algún momento", asegura la artista, que confiesa sentirse "agradecida" por el momento profesional en el que se encuentra ahora.

Por encima de todo, Laferte respeta su identidad como cantante. Apoya las nuevas tendencias, como el uso del autotune, si es "con fines artísticos" – "está bien que la gente se exprese como quiera, ahora todos tienen su espacio para crear y eso me gusta"–, aunque no está en sus planes pisar ciertos terrenos: "No me siento reflejada en el trap, por ejemplo. No escucho a Bad Bunny y, no sé, meterme en ese sonido sería caer en lo absurdo dentro de mi personaje; y eso que en el disco hay un mambo que se acerca al trap...".

"Veo el disco como un salón de baile con muchas gente divirtiéndose. La música sale a la ciudad, hace bailar incluso a los edificios, las nubes y los animales ¡Todos bailan!", imagina una Laferte más alegre que la que posa en la portada de Norma.

Pasión y cebolla

Norma son 10 canciones que, como Quédate esta noche o El beso, dejan entrever la vena pasional que, una vez más, respiran los trabajos de la chilena. En la portada, Laferte encarna a una cansada Norma, cortando cebolla, lo que no es casualidad: "Cantar cebolla", en su país, remite a lo vulgar. Laferte se revela contra ello: "¡Sí, mi música es cebolla!".