Rocío Márquez
La cantaora y académica Rocío Márquez. CELIA MACÍAS

Antes de hablar, Rocío Márquez (Huelva, 1985) cierra los ojos como quien cierra un libro que acaba de terminar de leer. Despacio, con cuidado, intentando retener las últimas palabras. Es reflexiva: calla por un rato y luego responde. Su nuevo trabajo Visto en El Jueves (Universal) es un ejercicio de memoria frente a una sociedad acostumbrada a la prisa, al olvido, a los objetos de usar y tirar.

En mitad del libreto del disco hay una frase de Úrsula K. Le Guin que dice: "No estoy perdida hasta que pierda la memoria". ¿Este álbum es un intento por conservarla?
Total. Era uno de los mensajes que teníamos presentes, también porque estamos convencidos de que en este momento son muy necesarias la memoria histórica y la memoria colectiva.

¿Qué significa para usted el mercado El Jueves de Sevilla?
Es el espacio donde encontré muchas joyitas. El Jueves lo hacen en la calle Feria y yo vivía en la perpendicular. También es importante por el hecho de la segunda mano, de reutilizar, de parar un poco en esta sociedad que es tanto del usar y tirar, de pensar en que la vida útil de los objetos va mucho más allá de lo que pensamos y que lo que tenemos que hacer es reinventarnos. Pasa exactamente igual con la música.

¿Cree que la música tiene una vida útil?
Hay música que es eterna y música que no.

¿Quiere que la suya sea eterna?  
Yo quiero hacerla eterna, otra cosa es que lo consiga, pero la intención la tengo [risas].

Llevarlo a lo local, también es darle una historia, una identidad.
Y, sobre todo, es una cuestión de cercanía. Yo no puedo defender un proyecto que me sea ajeno. Tengo que hablar con nombre y apellidos; si no, me resulta como un discurso aprendido y yo no quiero un discurso así.

En el texto de Pedro Jiménez del libreto dice que el símbolo de la visión ortodoxa del flamenco es un árbol al que ya no le pueden salir más ramas, ¿cuál sería el símbolo de su visión?
Todo lo que el árbol ese pone para arriba, lo pondría para abajo como raíces y, a partir de ahí, lo que naciese bienvenido sería.

Le hago la misma pregunta que se hace él: “¿Es posible un ejercicio de memoria sin caer en las delgadas líneas del vintage de centro comercial y sin las cadenas que nos quieren imponer los centinelas de la memoria unívoca?”
Justamente ese ha sido nuestro reto: no caer en una visión historicista, una reproducción simple, sino pasarlo por nuestro filtro, de verdad, y devolverlo a la memoria colectiva.

¿Cree que se puede consumir memoria?
Yo creo que la memoria siempre está presente. Otra cosa es algo extraño que está pasando en los últimos tiempos: tenemos más medios que nunca para poder acercarnos a esa memoria (vídeos, textos, internet al alcance de todos) y, sin embargo, parece que estuviéramos haciendo un ejercicio consciente por no recordar. Eso es algo peligroso, porque es abocarnos al fracaso. Un pueblo que no recuerda…

¿Está haciendo un ejercicio consciente por recordar en su música?
Sí. Por recordar y por que esa sea la base desde donde creo. Tampoco pretendo quedarme en esa memoria instalada, porque entonces me quedaría muerta también.

Parece que el debate entorno al flamenco plantea dos líneas opuestas: la tradición y la pérdida de identidad.
A mí toda esta historia de la apropiación cultural me parece que no tiene mucho sentido en el flamenco, porque este género nace de la mezcolanza de distintas culturas. Ahora bien, por ser crítica y sincera, creo en la necesidad de esas dos líneas: una más ortodoxa y otra más experimental o abierta. No solo son compatibles, sino que se necesitan para seguir evolucionando. Pero, ¿qué ocurre? Que vivimos en un sistema capitalista en el que lo que prima es el dinero, la producción, la rentabilidad. Entonces, desde ese punto de vista, es verdad que corre un poco de peligro la visión más ortodoxa porque, hablando en plata, da menos dinero...

¿Tiene menos posibilidades de sobrevivir?
Más a largo plazo, no ahora. Si hay una vía que genera mucho dinero y otra menos, esa se puede quedar en el margen. No está de más que tengamos la atención ahí puesta para intentar apoyar lo que el sistema no va a a apoyar porque no genera tanto dinero.

¿Cómo cree que se puede llevar a cabo ese apoyo a la parte más tradicional?
Estamos en ello. Yo creo que hay muchas ayudas. Simplemente lo comento más como una llamada a poner la atención ahí. Fíjate, antes sucedía que el discurso era que el poder lo tenían estas personas que se esforzaban en que el cante estuviera como en un museo, que no se moviera; pero ha cambiado tanto la película de dos años para acá, que ahora no sería honesto decir eso. Ahora, lo sincero sería decir que la gente que hace proyectos más alternativos tiene más voz, a nivel mediático, que los que están en una peña.

¿Dónde piensa que se sitúa el contrapoder ahora mismo?
Realmente no lo sé. Todo se movió tan rápido que todavía el poder sigue pensando que es contrapoder.

En algunas entrevistas ha dicho que para usted es una necesidad tener un posicionamiento social y político. ¿De dónde nace esa idea?
Para mí es imprescindible sentirme conectada conmigo misma cuando estoy cantando. Y, al estar conectada, en la obra se va reflejando mi manera de pensar y sentir. Hay muchas veces que soy más explícita, otras que mucho menos; no siempre tengo la energía para serlo. Me intento respetar bastante.

¿Cree que ahora es un momento en el que hay que posicionarse?
Está el ambiente en candela. Y, en Andalucía, ha sido un drama lo de Vox. Desgraciadamente este es un movimiento que se está dando prácticamente a nivel mundial. Yo creo mucho en la libertad de expresión, entonces, me parece que el arte es una herramienta para poder transmitir mensajes. En mi caso, lo necesito y lo empleo cuando quiero, pero también respeto a los compañeros que no tienen esa necesidad. A mí lo que me parece interesante es que sea coherente lo que uno vende con lo que uno tiene. Dentro de esa coherencia, que cada uno se sienta libre de decir lo que sea.

Ahora, por desgracia, estamos en un momento en el que hay mucho que decir. Están volviendo a estar de actualidad temas que ya se creían superados. Por ejemplo, las autonomías o la cuestión de género. Ya no estamos hablando de cómo poder continuar con asuntos que ayuden a la igualdad, sino que estamos hablando de no perder derechos adquiridos. Por eso, tenemos que mirar para detrás y agarrar un montón de mensajes y cantes y canciones que dábamos por sentados.

En su tesis, La técnica vocal en el flamenco, investigó cómo afecta la menstruación al cante. ¿Cómo se viven esas reflexiones dentro del mundillo?
Son inexistentes, prácticamente. Me encontré bastante sola, la verdad. Hay mucho pudor. Por lo general, es un mundo muy masculino. Por ejemplo, los músicos con los que trabajo siempre son hombres y, para ciertas cuestiones, es un poco difícil el diálogo. Me terminé centrando casi más en mi experiencia. También pude hablar con algunas compañeras que sentí que tenían un poquito menos de pudor, otras directamente no querían hablar del tema. Me basé en un libro maravilloso de Erika Irusta, Diario de un cuerpo.

Ha dicho que el flamenco es machista en tanto que la sociedad es machista. ¿Qué cosas tienen que mejorar dentro de la industria de la música?
Vuelvo a repeitr lo de antes: lo que a mí me preocupa no es todo lo que tenemos que mejorar, es que nos vayamos para detrás. Viendo a Vox, se me ponen los pelos de punta. ¿Mejorar? Muchísimas cosas, sobre todo los micromachismos, que están tan normalizados e interiorizados.

Nuestro entorno tiene que corregir muchas cosas, por supuesto. A mí me es más fácil hablar de mí: por ser un poco autocrítica, hay un montón de expectativas sociales que tengo latentes y que se me disparan cuando voy a tener más exposición. Ahora, con la salida del disco, me pongo a dieta, no sé cuántas veces voy a la peluquería… A nivel teórico digo: “¡Si defiendo justo lo contrario!”. Al final me puede el estar segura. Poco a poco, me lo voy trabajando, soy consciente. Pero, ¿hasta qué punto me he comido todas esas cosas que se esperan de las mujeres?