Hace exactamente diez años, Meryl Streep y Amanda Seyfried llevaron el célebre musical Mamma Mía! a la gran pantalla. Aunque estaba lejos de ser una de las mejores películas musicales de la historia, lo cierto es que tenía algo especial. Para empezar, la banda sonora era un maravilloso recital compuesto por la mayoría de los temazos de ABBA. Al margen de eso, la chispa radicaba en su falta absoluta de complejos. Llena de situaciones inverosímiles, con escenas y números más forzados que el acento de Javier Bardem en Mar adentro y la vena kitsch fuera de madre, por momentos parecía una parodia involuntaria del género.

Y es en ese desparrame en el que ¡Mamma Mia! La película rebasaba la línea de lo malo y se volvía una deliciosa y desvergonzada bacanal hortera de baile, humor y color. Eso es exactamente lo que esperaba encontrar en esta continuación, pero las expectativas se han cumplido solo a medias.

Mamma Mia! Una y otra vez es al mismo tiempo una precuela y una secuela. Los flashbacks, que abarcan la mayor parte del metraje, cuentan cómo la joven Donna conoció a los que acabarían siendo los tres padres de su hija Sophie. El problema aquí es que no se cuenta nada que el espectador no sepa ya, así que el mayor interés pasa por descubrir qué actores y actrices se han escogido para dar vida a las versiones rejuvenecidas de Pierce Brosnan, Colin Firth, Stellan Skarsgård y compañía.

Las mejores vuelven a ser Rosie y Tanya, las amigas de Donna, tanto en sus versiones adolescentes (Alexa Davies y Jessica Keenan Wynn) como en sus encarnaciones adultas, de nuevo interpretadas por Julie Walters y Christine Baranski, quienes hacen acto de presencia en la otra mitad del filme, la que funciona como continuación.

En este caso la gracia es ver junto a todo el reparto original una década después. Sin embargo, no hay ningún gran conflicto ni demasiadas líneas argumentales de las que tirar, así que en realidad todo se reduce a una especie de reencuentro de esos que se han puesto tan de moda en los últimos años.

El resultado es que tanto pasado como presente aportan pocas sorpresas. Y la que podría haber sido la mayor de todas, la aparición de Cher, ya ha sido más que destripada por la campaña promocional.

Por otro lado, como en la primera película se utilizaron las canciones más populares de ABBA, la banda sonora de esta segunda parte está formada en su mayor parte por temas poco conocidos del grupo y varios de la discografía posterior de Benny Andersson y Bjorn Ulvaeus. Sí se ha optado por repetir algunas canciones, como Dancing Queen, Super Trouper y, por supuesto, Mamma Mía.

La buena noticia es que los dos hits que quedaron fuera de la primera parte sí están aquí y protagonizan además dos de los mejores momentos del filme. El primero es Waterloo, loco, original, ingeniosamente justificado y divertido como ningún otro. El segundo es Fernando, ya en los compases finales. Está introducido de una forma tan inesperada y arbitraria que resulta hilarante. Una genialidad.

Pero estos destellos de disparate sin pudor son escasos. Cuanto más centrada y lógica pretende ser la película, menos gracia tiene respecto a aquella a la que obviamente homenajea. ¿Por qué los aldeanos griegos son ahora extras normales y corrientes y no aquella especie de Umpa Lumpas traviesos que ponían caras raras, se escondían y reían sin motivo aparente? Se les echa de menos. Aunque a quien más se echa en falta es a Meryl Streep, porque no, ella no es la protagonista esta vez.