Lo siento mucho pero Leo Harlem no me hace gracia. Sin embargo, este leonés, elevado al Olimpo del humor patrio gracias a su talento para transformar el cuñadismo en monólogo, ha logrado calar en miles de españoles.

Su éxito es innegable: la gente va a verle a sus espectáculos, lleva años triunfando en televisión y poco a poco se va dejando ver en la gran pantalla. De hecho, El mejor verano de mi vida (que debería titularse El mejor verano de su vida, ya que está contada desde el punto de vista del padre y no del hijo) es su segunda película.

La primera fue esa producción infame titulada Villaviciosa de al lado. Y, tal vez por lo nefasta que me pareció aquella, que llegaba incluso a dar vergüenza ajena, esta me ha parecido hasta simpática y me ha ayudado a reconciliarme en parte con el humorista.

La clave está en el tono, que se aleja del humor burdo sobre prostitutas y machirulos de pueblo para centrarse en la comedia blanca de corte familiar. De este modo, los chistes de Leo Harlem, que sigue haciendo un personaje algo garrulo, pasan por el filtro de la ternura y resultan mucho más digeribles. Reconozco que logró sacarme más de una sonrisa.

El comediante da vida a Curro, un padre de familia, vendedor de robots de cocina, que afronta una crisis matrimonial mientras vive asediado por las deudas. En esa peliaguda situación, para motivar a su hijo, le promete al niño que, si saca todo sobresaliente, le regalará las mejores vacaciones de su vida. Cuando el chaval lo consigue, Curro se ve en la obligación de echarle ingenio para poder cumplir su promesa. Y así comienza la aventura, como una especie de road movie por la que van desfilando diversos personajes.

Todos ellos le hacen mucho bien a la película, sobre todo porque están interpretados por expertos en esta cosa del hacer reír. El reparto incluye a Toni Acosta, Jordi Sánchez, Isabel Ordaz, Silvia Abril, Berto Romero, Gracia Olayo, Arturo Valls... y a Maggie Civantos en su primera comedia en cine. También los niños, Alejandro Serrano y Stephanie Gil, hacen un buen trabajo.

El guion, muy sencillo, habla sobre la amistad, el amor y, sobre todo, la familia desde el marco de un género que se ve poco, el de las películas de corte familiar con actores reales (la comedia española normalmente prefiere buscar las risas en temas poco recomendables para niños como el sexo, las drogas y la escatología).

Y, a pesar de su simpleza y su modestia o precisamente gracias a ellas, la película funciona. El mérito es probablemente de Dani de la Orden, quien, como ya demostró en El pregón y en Barcelona, noche de invierno, tiene bastante mejor gusto que otros directores habituales en estas lides.

El cineasta ha logrado convertir lo que fácilmente podría haber sido una sucesión de gags vagamente hilados en una entrañable fábula cándida, ingenua y buenrollista, con una clara idea sobre el bien y el mal, que gira en torno a la figura idealizada del padre como un superhéroe que no falla y siempre cumple lo prometido.

Puede que El mejor verano de mi vida no sea la mejor comedia española del año, y tampoco es la más ambiciosa, pero sin duda es la más honesta y de las pocas cintas no de animación, si no la única, que se pueden disfrutar este verano en el cine con niños.