Año 2003. Tres veteranos de Vietnam se reúnen después de tres décadas para llevar a cabo una última misión: enterrar al hijo de uno de ellos, que ha fallecido en combate en la guerra de Irak. Doc se niega a que lleven el cuerpo de su vástago al cementerio de Arlington y, con la ayuda de sus amigos Sal y Mueller, trasladará el féretro en un viaje en el que recordarán cómo la guerra ha afectado a sus vidas.

Con este planteamiento, el cineasta Richard Linklater ha construido una road movie de nostalgia y camaradería que se sostiene sobre un humor y una carga emocional irregulares –ninguno de estos elementos llega a funcionar al cien por cien en ningún momento– y, por tanto, a pesar de resultar amena, la historia no consigue dejar huella.

Poco pueden hacer los protagonistas, tres actorazos (Steve Carell, Bryan Cranston y Laurence Fishburne), por darle fuerza a un relato cuyo conflicto principal pronto empieza a parecer endeble.

Es más, lo que inicialmente se presenta como una reflexión sobre el sinsentido de la guerra, una crítica a ciertos aspectos del ejército y un ataque a las decisiones políticas, acaba reconvertido en discurso patriótico, fervor por Estados Unidos y homenaje a la bandera que da título a la película. Es decir, que puedes no estar de acuerdo con los madatarios, puedes repudiar e incluso insultar a altos cargos del ejército y lamentar la existencia de la lucha armada, pero... ¡ey, qué grande es Estados Unidos y los estadounidenses! ¡Que nada arruine jamás el amor por las barras y estrellas!

Es como si Linklater, que siempre ha sabido destacar y marcar su estilo –lo hizo con su trilogía Antes del amanecer, con Todos queremos algo y, sobre todo, con la especial y aclamada Boyhood– hubiese caído en un remolino de convencionalismos y lugares comunes. Sí hay mucho de melancolía y de paso del tiempo, uno de sus temas recurrentes, aunque esta vez desde el punto de vista de unos hombres maduros y no de unos jovenzuelos, pero todo lo demás resulta previsible y artificioso.

Quizás el problema provenga del hecho de que, aunque no lo parezca, La última bandera es en realidad una secuela, la continuación de la película de 1973 El último deber, protagonizada por Jack Nicholson, Otis Young y Randy Quaid en los papeles que ahora asumen Bryan Cranston y compañía. De este modo, la interpretación de estos queda limitada, en cierto modo encorsetada, por la de aquellos. Solo Fishburn tiene algo más de libertad, ya que su personaje ha dado un giro radical y ahora dedica su vida a la fe.

En la raíz del problema estaría el celo a la fidelidad de Linklater, su mucho cuidado, tal vez excesivo, a la hora de respetar el espíritu de la obra original. Eso es lo que la hace algo impersonal, tanto a nivel de guion como en estilo narrativo e interpretativo.

No es un desastre. Hay escenas emotivas, acertados momentos cómicos y algunas buenas ideas sobre la amistad, la lealtad y el sentimiento de culpa. Nadie saldrá del cine con la sensación que le han robado el dinero, pero La última bandera tampoco quedará en su memoria durante demasiado tiempo. Desaparecerá hasta que, casualmente, en unos años, vuelva a toparse con ella en televisión... o hasta que le venga a la cabeza durante una conversación sobre el intenso y a veces desconcertante patriotismo yanqui.

Si es usted estadounidense, olvide todo esto. La película le encantará.