“Primero se mueren las vacas, después las cabras y los últimos son los camellos”, me dice Ibrahim, líder de una comunidad nómada afar. “Y ahora se nos están muriendo los camellos. Nunca hemos estado tan mal”.

Minutos después lo veo junto a los hombres, mujeres y niños de su familia en una imagen desgarradora: luchan por levantar a uno de los últimos animales que le quedan con vida. África, el continente que menos contamina, será el que se llevará la peor parte del cambio climático. Según Naciones Unidas, 300 millones de personas se verán obligadas abandonar sus hogares en las próximas décadas al perder los medios de subsistencia.

Una realidad que provocará hambrunas, enfermedades y conflictos armados. Una realidad que se hace visible en la desaparición de las nieves del Kilimanjaro, aquellas que describió con maestría Ernest Hemingway. O en el lago Chad, que se está secando, dejando sin alimentos a miles de personas que viven de la pesca.

Una situación que también se está haciendo evidente en la franja de desierto donde confluyen Eritrea, Djibuti y Etiopía. Hogar milenario de los nómadas afar, que se enfrentan a una crisis sin precedentes, ya que las lluvias llevan fallando de forma sistemática desde 1999. En este nuevo capítulo de un "Día más con vida", la primera serie documental producida para Internet, cuento justamente el viaje a esta región olvidada. Un periplo extenuante a través del desierto.

Acompaño en este viaje a Valery Browning, una enfermera australiana a la que los afar llaman ángel"

El todoterreno que naufraga una y otra vez en la arena. Los hombres armados con viejos AK47 que viajan a mi lado para protegernos de los ataques de tribus rivales, y porque hace algunas semanas varios occidentales fueron secuestrados aquí mismo. Y una compañera de excepción, por la que siento una profunda admiración, la enfermera australiana Valery Browning, que lleva veinte años viviendo entre los afar. A ella sigo en su esfuerzo por repartir ayuda humanitaria a niños, hombres y mujeres, famélicos, abandonados, enfermos de cólera.

"A esta gente, que es la que sabe vivir en armonía con su medio, en vez de escucharla, el mundo se obstina en ignorarla y condenarla a la desaparición", me dice Valery, llamada malika por los afar, que en su idioma quiere decir ángel. “Este Occidente que sólo saber usar y tirar, tiene mucho que aprender de los nómadas. Para ellos la naturaleza es como su piel”.

¿Quiénes son los afar?

Los afar son desde hace más de mil años los orgullosos habitantes de la franja de desierto que se extiende tanto en la zona oriental de Etiopía como en Eritrea y Djibuti. Pastores nómadas, comenzaron a convertirse al islam tras el primer contacto con comerciantes árabes en el siglo X. Se los distingue a simple vista por su cabello en tirabuzones y sus grandes cuchillos curvos. Su prenda principal es el "sanafil", una suerte de falda que tradicionalmente variaba de color según el sexo.

En Etiopía suman un millón y medio de personas. Hacen sus chozas, llamadas "ari", con ramas y telas, que mueven regularmente en busca de fuentes de agua para sus animales, en especial durante la temporada seca. El conjunto de chozas, núcleo de cada comunidad, recibe el nombre de "burra".

Otro rasgo peculiar de esta gente, sobre la que tan poco se ha escrito e investigado desde Occidente, son los dientes, que se afilan desde que son pequeños empleando cuchillos