Piso de encuentro

A Paquita le gusta leer, estar al día y charlar. Inma disfruta yendo a conciertos y al cine, aprende idiomas y también charla lo que puede.
Paquita e Inma, una extraña pareja pero bien avenida.
Paquita e Inma, una extraña pareja pero bien avenida.
Rafael Marchante
Lo que le deja Paquita, que se ha tirado veinte años hablando tan poco que ni le salía la voz. Paquita Muñoz Lemos cumplirá dentro de pocos días 94 años y, aunque tiene una salud de hierro y dos hijas pendientes de ella, teme al lobo feroz de los mayores: la soledad. Por eso, hace nueve años, cuando escuchó que la Junta de Andalucía tenía un programa para que personas como ella acogieran a estudiantes en casa, pidió inmediatamente a su hija Mariví que le echara los papeles.
 
Inma Fernández tiene 27 años y hace dos que llegó de Jaén para diplomarse en Turismo. Es la cuarta estudiante con la que Paquita comparte piso. «Tenemos un acuerdo por el que no pago alquiler, pero le echo una mano y le hago compañía», explica Inma, quien afirma que ha crecido con la experiencia. «A veces los jóvenes somos intransigentes, y convivir con alguien de edad te da otra perspectiva; te enriquece. Yo he vivido con otras estudiantes, pero esto me da más seguridad».
 
También le aporta un dominio de los asuntos del corazón («no sabía nada», se escandaliza su casera), porque son muchas las horas de tele compartida, y una vida ordenada, porque Paquita, que cree que el secreto de vivir tanto tiempo es estar siempre preocupada por algo, imagina toda suerte de males cada vez que Inma llega tarde. En realidad es más imaginativa que pesimista. Quiso ser maestra cuando las niñas no estudiaban. «Siempre valoré el saber, la cultura». Y ahora, con casi un siglo de vida, es un pozo sin fondo en el que Inma está aprendiendo a mirarse.
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