Baile de las cañas
Algunas de las jóvenes vírgenes suazilandesas que participaron en la "Danza de la caña", antes de entrar al estadio para bailar ante el rey. IGNACIO GÓMEZ
Hoy me salto el relato de los días 3 y 4 de la estancia de 20 minutos con Rumbo al Sur en Mozambique, el primero de los cuales ya tenía casi terminado, para pasar al día 5, el regreso de Maputo a Johannesburgo en autobús, vía Suazilandia.

El motivo es la polémica suscitada por el PSOE madrileño por la presencia de la expedición Rumbo al Sur, compuesta entre otros por un centenar de chavales de la Comunidad de Madrid, en el Umhlanga o "Reed Dance", la danza de la caña, la ceremonia tradicional que se celebra en Suazilandia entre finales de agosto y mediados de septiembre, que tiene por objeto honrar a la reina madre, Ntombi Thwala, la otra gran figura pública del país, y que ha sido utilizada en ocasiones por el rey de ese país, Mswati III, para elegir mujer.

El PSOE, que ha pedido la comparecencia del consejero de Inmigración y Cooperación del Gobierno regional, Javier Fernández-Lasquetty, ha puesto el grito en el cielo al considerar que se trataba de una acto "vejatorio, tribal y arcaico donde un monarca absoluto elige a una mujer", según ellos la número 301, y que poco tiene que ver con los objetivos solidarios del viaje.

En defensa de Rumbo al Sur (los representantes políticos de la Consejería regresaron en avión desde Maputo justo ese mismo día) ha salido el jefe de la expedición, Telmo de la Quadra-Salcedo, quien ha acusado a los socialistas de ignorancia y subrayado que se trataba de una representación etnográfica y que allí no se elegía mujer de ningún tipo.

Os dejo aquí lo que vieron mis ojos...

A Suazilandia llegamos (los chavales y los monitores de Rumbo al Sur y los periodistas que los acompañamos durante la última semana), como decía más arriba, tras un larguísimo viaje de autobús que nosotros comenzamos ese mismo domingo en Maputo, capital de Mozambique, y que tuvo prolongadas paradas en la frontera mozambiqueña (donde retomamos el contacto con la expedición, que había dormido en otro lugar) y suazilandesa.

Al entrar en Suazilandia el paisaje cambió de nuevo, como ya sucediera a la ida, al pasar de Suráfrica a Mozambique: podía verse más actividad industrial y comercial, con todos los letreros en inglés, al contrario que en el país mozambiqueño.

Llegada a Nhlango

Escogimos entrar por ese país rumbo a Suráfrica porque Telmo, el jefe de la expedición, se había enterado de que ese día se celebraba la "Danza de la caña" y había conseguido que pudiéramos presenciarlo. Después de dar alguna que otra vuelta de más, llegamos, dos horas y media después de lo previsto, a Nhlangano. Allí pudimos contemplar una enorme multitud de gente de todas las edades que se desperdigaba a lo ancho de una ladera y en torno a lo que parecía un gran mercadillo de fin de semana en una zona rural.

Dado que llegamos con muchísimo retraso, pensamos que la ceremonia había finalizado, y nos dedicamos a vagabundear entre la gente, que una vez más nos recibió con gran curiosidad, especialmente entre los más pequeños (como los de la foto), que posaban encantados para las cámaras, y entre los puestos, que en su mayoría servían comida.
Niños baile de la caña Suazilandia

Divididas en tribus

Sin embargo, al poco tiempo alguien nos avisó de que no, de que habíamos llegado a tiempo y de que debíamos seguir subiendo hacia arriba, hacia lo que desde lejos parecían unas gradas. Al acercarnos pudimos ver que se trataba de una especie de estadio que se asemejaba a los campos de fútbol de tierra que pueden verse en los pueblos de España, pero sin porterías y sin la forma típica rectangular. Fue entonces cuando pudimos ver a los primeros grupos de mujeres, agrupadas por tribus, que cantaban y bailaban, a la espera de poder entrar en el estadio.

Yo me puse a sacar fotos y uno de los guardias de seguridad me avisó de que lo hiciera sin acercarme demasiado, para no importunar a las mujeres, que iban desnudas de cintura para arriba y que llevaban faldas bordadas con cuentas, ajorcas hechas con semillas de alguna planta en los tobillos, brazaletes y lo que en Mozambique se llaman capulanas, esas telas con estampados de colores que aquí llevaban la figura del rey.Suazilandia baile caña

(Curiosamente, un par de días después, al visitar la antigua casa de Nelson Mandela en Soweto, Suráfrica, hoy un museo, pude ver que alguien había pegado en la pared, y entre la multitud de títulos honoríficos del mandatario surafricano, la noticia de que la Policía suazilandesa había detenido en el primer día de ceremonia, celebrado una semana antes en Ludzidzini, a dos extranjeros por no mostrar la suficiente prudencia a la hora de sacar fotos. Junto a ellos, indicaba el artículo, había también miembros de las televisiones australiana, coreana, etc.)

Poco a poco, todos, expedicionarios y periodistas, fuimos pasando por un detector de metales situado junto a la entrada del estadio, un descampado en el que había una grada central, reservada para la corte y su séquito, y dos laterales, una de las cuales ya estaba llena con ciudadanos de Suazilandia. El responsable de protocolo nos dijo que nos dirigiéramos a la que estaba semivacía, en la que nos acomodamos todos, chavales incluidos. El resto de los espectadores eran en su mayoría jóvenes suazilandeses, muchos de ellos niños como los de la foto, que estaban sentados justo detrás de mí. Danza de la caña, Suazilandia

Al poco de sentarnos comenzaron a desfilar las mujeres y adolescentes (también había niñas, o niños, pues no era fácil determinar su sexo) otra vez agrupadas en tribus y en forma de una larga columna que avanzaba lentamente y que se detenía justo en frente de nuestra grada. De esa columna iban desgajándose tribus, siempre encabezadas por las mujeres más formadas y de mayor edad, que se situaban a lo largo de líneas dibujadas en el campo y perpendiculares a la grada central, y que seguían bailando y cantando.

De vez en cuando, y sin que supiéramos bien por qué, de los grupos se descolgaban los más pequeños, que corrían en dirección opuesta a la tribuna real y que salían del estadio.

Ceremonia en declive

Más que la semidesnudez de las jóvenes, lo que sorprendía a los que allí estábamos sentados era la energía que desprendía la multitud de jóvenes, que los medios suazilandeses estimaban en 20.000 mujeres y que yo dejaría en la décima parte, concentradas en sus cantos y sus coreografías tribales.

También la presencia de signos occidentales (el teléfono móvil junto a la vestimenta tribal, las gafas de sol que portaban algunas, los refrescos en lugar de cañas) que revelaban una devaluación progresiva del acto (un acto a todas luces tribal y arcaico, como indica el PSOE madrileño, sin que yo entienda muy bien por qué le atribuye una connotación negativa a esos dos adjetivos), a la que sin duda contribuye el rey al dotar en los últimos años a la ceremonia de un propósito para el que inicialmente no estaba concebida y en la que también tienen culpa los episodios de violencia ocurridos otros años (existe la absurda creencia entre algunos africanos de que el SIDA se cura al mantener relaciones sexuales con una virgen, lo que pone posteriormente en peligro a algunas de las mujeres allí presentes), los medios de comunicación occidentales, a menudo más preocupados de escandalizar que de informar, e incluso la presencia de grupos como el nuestro.

Suazilandia baile de la caña

Al frente de la larga columna de jóvenes había otro grupo de mujeres tocadas de plumas rojas, y una más vestida enteramente de blanco, que se movía entre todas ellas. Las primeras, me enteré luego, eran las princesas reales, y la segunda, la madre del rey, a la que en realidad está dedicada la ceremonia.

Un símbolo de fuerza

Todas las mujeres portaban algún objeto en la mano, ya fuera una caña (a la que hace referencia el nombre de la ceremonia y que al parecer cortan en los días previos) o cualquier otra cosa.

La arqueóloga de la expedición (que organizaba talleres de arqueología experimental con los muchachos a lo largo de la travesía mozambiqueña), Carmen, me dijo que uno de los lugareños le había explicado que era un símbolo de fuerza.

La propia Carmen me dijo luego que la ceremonia le había interesado mucho, por cuanto representaba una de las pocas manifestaciones animistas que todavía podían contemplarse en esa parte de África, y que no habían sucumbido a las sucesivas oleadas de iglesias cristianas.

No eligió mujer

En cuanto al infausto monarca absoluto, Mswati III, que tiene 39 años y que al parecer se casó en abril con su decimotercera mujer, veinte años más joven, se levantó en determinado momento y corrió y bailó también semidesnudo (tal y como lo véis en la foto) entre las jóvenes, acompañado de algunos miembros de su séquito. El rey de Suazilandia

Todos ellos portaban cañas, en el caso del rey rematada por un triángulo dorado.

Luego Mswati III volvió a sentarse, dejando que fueran el resto de los varones los que siguieran bailando e inclinándose ante algunos de los grupos de mujeres.

Lamentablemente, y para mi pesar, no encontramos a nadie que hablara el suficiente inglés como para explicarnos la significación de las distintas partes del ceremonial.

Dado que nos quedaba un largo camino, y después de permanecer allí sentados durante un rato más, nos levantamos antes de que éste finalizara (según la prensa surafricana ese día el rey, como también suele suceder, no eligió mujer) y salimos del estadio, pasando junto a la tribuna real y cometiendo la que yo creo fue la única verdadera irresponsabilidad del día, si bien más por ignorancia que por voluntariedad: saludar a un monarca tan despótico como corrupto.

Al salir, regresamos a los autobuses, cruzando nuevamente entre la gente que se agolpaba a las afueras del estadio, y entre los vendedores de los puestos, que nos animaban a probar algunos de sus alimentos, y de allí salimos rumbo a Pretoria.