TIC en el aula
Unos niños utilizan ordenadores portátiles en el aula. EFE/ARCHIVO

A los ya clásicos problemas de la educación en España se ha sumado uno nuevo, a propósito de las nuevas tecnologías. La brecha digital entre profesores y alumnos existe y, lo que es peor, se agranda. Según un estudio, casi la mitad de los profesores carece de las adecuadas competencias digitales y sólo un reducido grupo, en su mayor parte responsables de la coordinación tecnológica en los centros, es capaz de desplegar todo el potencial de las TIC en la enseñanza.

Un estudio realizado en 80 centros públicos, privados y concertados madrileño por investigadores de la Universidad Francisco de Vitoria (UFV) y la Universidad Complutense de Madrid (UCM) ha analizado el perfil digital de 1.433 profesores, con resultados reveladores de la deficiente formación en estas habilidades. El 9,5% presenta un nivel “muy pobre”; el 36,8%, “pobre”, y un 39,71% tiene un nivel “medio”. Todo ello deja un porcentaje cercano al 14% de docentes que tendrían un nivel alto.

Casi la mitad de los docentes presentaron un nivel entre “muy pobre” y “pobre”Para llegar a estas conclusiones, los investigadores tomaron una muestra de profesores de todas las edades a los que se solicitó que rellenaran un cuestionario elaborado de acuerdo con los estándares de la Unesco, que miden los perfiles y competencias tecnológicas en cinco dimensiones relativas a la capacidad de planificación y evaluación, la metodología docente, las tecnologías de la información y la comunicación, la organización y gestión y la formación, detalla el investigador y profesor de la UFV Francisco Fernández Cruz.

Casi la mitad de estos docentes presentaron un nivel 1, entre “muy pobre” y “pobre”, que supone que “utilizan la tecnología a nivel de usuario, para actividades y recursos más burocráticos o de ofimática; pueden utilizar un power point en clase pero no son capaces de generar recursos propios para sus áreas, de hacer evaluaciones o actividades innovadoras con la tecnología, lo que correspondería al nivel 2”, precisa Fernández Cruz.

Mientras, el más alto nivel (el 3) ha correspondido fundamentalmente a un reducido grupo de profesores que tienen responsabilidades de coordinación tecnológica en sus centros, “que pueden generar y gestionar recursos tecnológicos y que los utilizan para enseñar a los alumnos a ser capaces de crear sus propias actividades y conocimientos para su aprendizaje”. El paso de un nivel a otro no depende de los recursos tecnológicos de los que dispone el centro, sino de lo que hacen los profesores con esos recursos y con sus alumnos. Y eso pasa por la formación continua, “elemento indispensable para desarrollar las competencias digitales”.

Cuando el alumno sabe más que el profesor

Los docentes de los centros concertados tienden en el estudio a tener una mayor competencia tecnológica, un hecho que se atribuye a la combinación de planes de formación subvencionados y de la intervención privada del colegio. De hecho, la ausencia de un proyecto tecnológico en los centros se presenta como una de las causas que frenan la formación docente en competencias digitales. Y esto tiene consecuencias negativas en las aulas, de un lado porque “el profesor es responsable de que el alumno obtenga la competencia digital”, de otro, porque “el hecho de que el alumno acabe dominando más que el profesor limita las posibilidades de utilizar estos recursos en el aula”.

En el terreno de la formación reconoce el investigador que hay muchos elementos en juego que empiezan por las propias universidades, no ya por la demanda de asignaturas concretas –como pueden ser las de nuevas tecnologías aplicadas a la educación– sino por cómo se incorporan los recursos tecnológicos para un uso educativo. Hay que “conseguir que la universidad prepare más a los futuros docentes para generar conocimiento y desarrollar competencias, cómo enseñar a los alumnos a pensar, a colaborar, a buscar información y trabajar sobre ella, a comunicarse entre ellos, a aprender lo que quieran”, porque “hoy en día la repetición del conocimiento es inútil”.

Luego, Fernández Cruz recomienda una renovación al menos cada cinco años. Y es que, aunque las mayores diferencias entre los profesores encuestados parten de la edad, el investigador sugiere que “no se trata tanto de un problema generacional sino de la formación que reciben”.