"Estudiar no es una obligación"
Para Einstein, el estudio no debía ser una imposición, si no una oportunidad para penetrar en el bello y maravilloso mundo del saber. Por esta razón el físico pasaba jornadas interminables consultado libros de cualquier materia. GTRES

Desde los años en que se convirtió en un apátrida al renunciar a la nacionalidad alemana hasta esos últimos días de vida en un hospital papel y lápiz en mano trabajando pese al aneurisma por el que moriría, la vida de Albert Einstein está llena de historias. Historias reales, hechos, anécdotas, con los que acercarse, aunque sea levemente, a la persona que fue el genio que cambió la Física para siempre con su Teoría de la Relatividad, de la que este año se cumplen cien años.

Alemán sólo de nacimiento. Nació en Ulm, Alemania, en 1879, pero cuando tenía 16 años renunció a la nacionalidad. Tras irse de Munich a Pavía en 1894 sin haber terminado el último curso, siguiendo así los pasos de sus padres que se habían mudado por lo mal que iba la fábrica de su progenitor, renunció a su nacionalidad alemana, lo que provocó que viviera durante cinco años como apátrida. Era la suiza la nacionalidad que desearía, ya que solamente allí había una Universidad, la de Zurich, en la que podría estudiar aunque no hubiera terminado el último curso.

Certificado de depresión y carta de recomendación. Fue por un certificado de depresión en el que se indicaba que tenía que cambiar de aires que logró irse a Pavía con sus padres. Cuestión que no deja de ser curiosa al unirla al certificado que su profesor de matemáticas le hizo en el que daba fe de la excelente formación de Albert para ingresar en cualquier institución superior.

Pero, Einstein, quién eres tú para decirle a Dios cómo debe regir el mundo Funcionario feliz. Pese a contar con el doctorado en Física y que su propio padre envió a un profesor una emotiva carta casi suplicando trabajo para su hijo, Einstein no encontró plaza como profesor en la Universidad y con las clases particulares que impartía a niños no podía sobrevivir. Así que cuando un buen amigo le ayudó a entrar en la Oficina de Patentes de Berna, donde trabajó entre 1902 y 1909, pudo 'respirar', y dedicarse, ya cubiertas las necesidades fundamentales, a su gran pasión. El trabajo le dio la tranquilidad y sosiego para pensar en la física: "Para mí fue una bendición, además una profesión práctica es siempre una salvación para gentes como yo". Allí es donde pensó la Teoría de la Relatividad.

Un virtuoso del violín que odiaba los idiomas: Lo llevaba a todas partes y hasta tenía nombre: tal era su pasión por el violín, que tocaba desde muy niño. Al final de su vida lamentaba no poder seguir tocándolo. No deja de ser curiosa su fobia a los idiomas, pese que hablaba francés, italiano, inglés y su lengua natal: alemán, y su pasión por la música.

No quiso ser presidente de Israel. En el año 1952, tras la muerte del presidente de Israel, Weizmann, le ofrecieron la presidencia del estado y él lo rechazó.

"Dios no juega a los dados". Era una frase que repetía mucho Einstein, y que en una ocasión hizo que su buen amigo Bohr, el creador del átomo de Bohr, le replicara: "Pero, Einstein, quién eres tú para decirle a Dios cómo debe regir el mundo". 

Cátedra en España. El físico, que visitó España en 1923 para dar unas conferencias (estuvo en Barcelona, Madrid y Zaragoza), recibió el título de Académico de la Academia de las Ciencias, fue recibido por el rey Alfonso XIII, y también investido Doctor Honoris Causa por la Universidad Central de Madrid. Diez años después, en 1933, el Consejo de Ministros del gobierno español aprobó la creación de una cátedra extraordinaria para Einstein en la Universidad Central de Madrid. Aceptó y aquello llamó la atención en el mundo entero. Realizó varias peticiones, que fueron aceptadas, pero los años pasaban y la Guerra Civil dio al traste con la cátedra y el centro de investigación que iba a crearse y que habría sido una auténtica revolución científica.

Últimos papeles. Murió de un aneurisma el 18 de abril de 1955 pasada la una de la madrugada, pero antes, aunque ya ingresado en el hospital de Princeton desde el día 15, tuvo una mejoría que le llevó a querer trabajar. Así que en sus últimas días pidió gafas y folios para trabajar. Aquellos últimos escritos se conservan.