El Fortuna 25 puso ayer su último café
Uno de los camareros del Fortuna 25 pone a 20 minutos uno de sus últimos cafés.(Fernando Blanco)

Los primeros cafés que puso el Fortuna 25 no llegaban a las 45 pesetas.

Desde entonces, han pasado 25 años y muchas jornadas de trabajo.

"Los tiempos han cambiado, pero aquí, hasta hoy mismo (por ayer) nos seguían dejando propinas agradecidos con el servicio" contaba el encargado, José Curto.

Ayer sirvieron sus últimas comidas, cañas y cafés.

A las doce de la noche cerraron sus puertas, y donde ahora se ven mesas, dentro de poco, una cadena multinacional de moda instalará su escaparate.

"Muchos comerciales –de paso por la ciudad– que venían aquí a comer o tomar el café, se llevarán la sorpresa y nos echarán de menos", dicen.

Y es que por la barra del Fortuna 25 han pasado músicos, deportistas, actrices o el mismísimo José María Aznar, eso sí, cuando era presidente de la Junta.

Cada uno de los 30 empleados del Fortuna 25 lleva consigo las anécdotas vividas entre esas cuatro paredes, ya sea en carné propia o ajena; el cierre no les entristece, "nos daría pena si perdiéramos el trabajo, pero seguimos en la empresa y dentro de poco volveremos a dar mejor servicio todavía, sólo que en otro lugar", cuenta el encargado.

Quién sabe si, al igual que ocurrió con otros bares emblemáticos, como el Penicilino, el Fortuna 25 no puede resurgir, en un futuro inmediato, de sus propias cenizas.

Ya fuera por su café, por el servicio, o por su menú con más de 80 platos, si alguien pierde, es la calle Santiago, que cada vez que ve cerrar una cafetería, se le escapa un rincón lleno de vida.

Los paseos no serán iguales.

Otros cierres históricos

La calle Santiago ha sido, desde siempre, un lugar de paseo para los vallisoletanos. No hace falta mirar muy atrás para recordar las colas que se formaban para comprar un helado en el Risco o el Salón Ideal, dos cafeterías que pertenecen a la memoria colectiva de los ciudadanos de esta ciudad que tengan más de 30 años.

Las dos cerraron sus puertas al público, aunque sus locales siguen ahí. Uno, transformado en sucursal bancaria, el otro, vacío, destartalado y sucio.