Balcón sobre la luz

Las vistas son tan hermo-sas que extraña que aún no cueste dinero mirar.
Las vistas son tan hermo-sas que extraña que aún no cueste dinero mirar.

Paseo de la Farola. Amanece. Los buques parecen almas en pena encalladas en los diques del puerto; los mástiles enredados en la neblina, las herrumbres de los cascos insinuadas por las luces mortecinas del muelle y los faros de las traíñas que vuelven de la faena. Cuando amenaza tormenta, los primeros rayos de sol se estrellan con nubarrones colosales que bajan desde los montes, y el cielo queda salpicado de luz blanca, amarilla y violeta: sangre de la batalla. Si el sol termina venciendo, las ventanas de los edificios del Muelle de Heredia destellan como teselas doradas de un mosaico.

Me extraña que, siendo éste uno de los mejores miradores de la ciudad, a nadie se le haya ocurrido hasta ahora convertir en negocio las salidas y las puestas de sol desde el paseo de la Farola. Bueno, el Plan Especial del Puerto prevé llenarlo de terrazas; convertirlo en un lugar chic. Pero como va tan extremadamente lento, a lo mejor se les olvida.

Ahora es primavera y cae la tarde. La atmósfera está tan transparente que dispara el verde de los árboles del parque, el azul del mar. Unas gaviotas pescan, expertas, junto a los muelles. La luz del sol se licua en el agua. Casi duele mirar tanto estruendo luminoso.

El paseo es a esta hora territorio de parejas de todas las edades, de todos los sexos; de niños que corren alborozados y de mirones solitarios. Yo me cuento entre los últimos. Un muchacho se acerca y me pide fuego con acento extranjero. Hace el intento de cambiarme la lumbre por un cigarro y también charla. Le digo no, gracias, y tomo asiento a pocos metros de él. Probablemente su mirada viaje mucho más lejos que la mía. Me pregunto adónde irá, adónde iremos todos a encontrarnos con la melancolía cuando el Plan del Puerto transforme el paseo. Cuando todo sea bullicio, camareros, glinglín de hielo en las copas.

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