Neutralidades que matan: cómo se vivió en España la Gran Guerra

  • Mientras las trincheras y los frentes en Europa eran reales, en España se levantaron trincheras y frentes simbólicos: la sociedad se polarizó en dos bandos.
  • España fue el terreno secundario de operaciones de las grandes potencias.
  • De Somme a Schengen: cómo ha cambiado Europa en 100 años.
  • La primera guerra escrita: diarios, memorias y testimonios del frente.
  • A FONDO: La Primera Guerra Mundial contada de la 'A' a la 'Z'.
Fotografía cedida por el Centro de Estudios Andaluces que muestra a Alfonso XIII bailando un pasodoble en una venta.
Fotografía cedida por el Centro de Estudios Andaluces que muestra a Alfonso XIII bailando un pasodoble en una venta.
Luis Ramón Marín / EFE

"Desde que comenzó el conflicto europeo, el pueblo español, como la mayoría de los pueblos neutrales, está en plena guerra civil". Este lúcido pensamiento –de raíz noventayochista– lo escribió, desde las páginas del diario ABC, el novelista, anticlerical y germanófilo Pío Baroja. Era diciembre de 1916 y hacía ya dos años que los cañones de agosto de la Gran Guerra lanzaban morteros a discreción y sin descanso.

Primera plana  del diario La Nación

España –una antigua potencia colonial secundaria– había optado desde un principio por la neutralidad oficial. Ni con las potencias centrales (Alemania, Austria-Hungría y Turquía) ni con los aliados (Francia, Inglaterra y Rusia). Una economía exhausta y un ejército arcaico no eran las garantías más óptimas para enfangarse en una contienda feroz que se pretendía corta, pero que acabó prolongándose durante cuatro sangrientos años. 

Cuatro años en los que España quedó al margen de la memoria mortífera del continente, pero también años en los que el país se convirtió en un tablero secundario de operaciones para las grandes potencias (más de 70 barcos fueron hundidos por submarinos alemanes). Los servicios secretos, la diplomacia palaciega y el bloqueo comercial fueron herramientas que unos y otros usaron a discreción y con aquiescencia. "La imagen de la beatífica neutralidad española es falsa", concluyen Eduardo González Calleja y Paul Aubert en Nidos de Espías (Alianza, 2014).

Mientras las trincheras y los frentes en Europa eran reales, en España se levantaron trincheras y frentes simbólicos. Un simulacro de guerra que tuvo a los intelectuales –por primera vez en la historia del país– como abogados y detractores de una causa internacional, que fue tomada por ellos como un pretexto para diseccionar el tuétano moral de la historia de España hasta el momento.

La prensa, sobornada por las potencias extranjeras, se inundó de manifiestos. Los escritores, y gran parte de la sociedad con ellos, se dividieron en aliadófilos (intelectuales liberales) y germanófilos (conservadores y tradicionalistas); categorías elásticas, heterodoxas, que traspasaron la celulosa del papel y llegaron a la calle: una ópera del muy germano Richard Wagner era un motivo tan bueno como cualquier otro para que la representación acabara en batalla campal.

El 'boom' económico desperdiciado

Una "orgía de ganancias". Así resumieron los coetáneos la economía española durante los cuatro años de guerra. La situación financiera del país no era ni mucho menos boyante al comienzo de la contienda, pero poco a poco, con el crecimiento de las exportaciones, el desarrollo de la marina mercante y otros sectores asociados a la economía de guerra, el escenario económico repuntó.

No para todos, eso sí. Empresarios y financieros obtuvieron pingües ganancias con sus negocios (el número de bancos se duplicó en estos años, como escribió el historiador Javier Tusell en su Historia de España del Siglo XX), pero no ocurrió lo mismo para los trabajadores. La inflación de los productos de primera necesidad así como el desigual reparto de la riqueza y de las cargas tributarias –en un Estado aún clientelista y caciquil– provocaron las airadas denuncias de los sindicatos de clase y las asociaciones obreras.

Todo este "milagro" económico (también ha sido denominado así) se evaporó poco después de terminar la guerra. Como señala el historiador Miguel Martorell, "el fin de las condiciones excepcionales que se habían dado" supuso un drama para España. Las exportaciones cayeron un 39% y seis mil empresas echaron el cierre. La crisis de sobreproducción trajo consigo, además, un fuerte desempleo industrial.

Un sistema político agonizante

La inestable situación política y social interna de España durante la guerra influyó en la percepción exterior de su neutralidad. En 1914 el país seguía regido por el turnismo, el sistema ideado en La Restauración y que, al menos entre las élites políticas, seguía gozando de legitimidad. El rey Alfonso XIII ponía y quitaba gobiernos al albur de la coyuntura del momento y liberales y conservadores se alternaban como si tal cosa.

1917 fue el peor año de la guerra para España. El malestar del ejército y las huelgas obreras revolucionarias pusieron al país en situación de alerta. En agosto de ese año, la sangre llegó al río en varias ciudades, entre ellas Barcelona. Ochenta muertos y miles de detenidos pusieron el corolario a meses de tensión social. Tusell y la mayoría de historiadores no consideran aquellos hechos como una revolución  –aunque coincidiera en el tiempo con la rusa–, pero sí como un punto de inflexión.

La duración de la guerra, el auge del movimiento obrero, el fortalecimiento de las ideologías, las reivindicaciones del estamento militar, el deterioro del sistema parlamentario y el regionalismo pusieron en muchos apuros al Estado. La España invertebrada de Ortega y Gasset era ya una triste realidad y la Restauración liberal, un cadáver político. Cinco años después de acabada la Primera Guerra Mundial, el sistema colapsaría.

La mortífera 'gripe española'… que no se originó en España

España, como país pobre, secundario y encima neutral, tuvo que enfrentarse a la mala prensa de un virus de la gripe letal, que en la primavera de 1918 mató a más de 40 millones de personas en todo el mundo, más de 300.000 personas solo en nuestro país.

Una pandemia feroz, que ni se originó en España –el primer caso se constató en EE UU– ni se censuró en la prensa española, pero que precisamente por este celo informativo, que contrastaba con la férrea censura de los países en guerra, comenzó a denominarse 'gripe española'.

El virus (un H1N1, hoy tan familiar) que causó la mayor pandemia de la historia del siglo XX –y cuatro veces más de fallecidos que la propia Gran Guerra– provenía de las aves y llegó a los humanos de forma fatal. Las poblaciones no estaban inmunizadas contra él y los Gobiernos, inmersos en el conflicto, no tenían recursos económicos, instrumentos y tecnología como para frenar su propagación.

Las autoridades españolas se afanaron para que el sobrenombre dado a la gripe del 18 cambiara, incluso para que pasara a ser francés, pero el término acabó haciendo fortuna tal y como hoy se lo conoce. El sino de los neutrales.

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