La vacuna contra la ultraderecha
Policías antidisturbios vigilaban el domingo a los jóvenes de Alcorcón. (Efe).
Hasta que en febrero de 2000, tras el asesinato de una joven a manos de un desequilibrado,  cientos de vecinos de El Ejido (Almería) la emprendieron a pedradas y bates de béisbol contra todo inmigrante que se puso en su camino, nadie fue consciente de que España no era ese país vacunado contra el racismo que reflejaban las encuestas. Desde entonces, a medida que la población extranjera ha ido creciendo vertiginosamente hasta alcanzar el 9% que hoy representa, han sido recurrentes los episodios de xenofobia, uno de cuyos brotes se vive desde el pasado fin de semana en Alcorcón. Experiencias similares se han vivido en Europa, donde la llegada de inmigrantes comenzó hace más de 50 años. Bastaría con repasar los errores cometidos en la integración de los recién llegados en aquellas sociedades para evitar que la historia volviera a repetirse.

La receta francesa fue la asimilación, un proceso que debía conducir a que los inmigrantes acabaran sintiendo el orgullo de ser ciudadanos de la República. La pobreza y la marginación terminaron con el sueño.

Cuando a finales de 2005 París empezó a arder por los cuatro costados por las revueltas de los banlieus, alguien debería de haber repasado la composición de la Asamblea Nacional: ni un solo diputado de origen magrebí o de piel oscura; y un solo musulmán: el representante de Mayotte, en el Índico. Alemania se limitó a aceptar la diferencia, lo que dio lugar a la formación de enormes guetos; el Reino Unido hizo bandera de la multiculturalidad, y ha sido ahora, tras los atentados del 7-J en Londres, identificados los autores como hijos de inmigrantes aparentemente integrados, cuando se ha demostrado el fracaso del modelo.

En muchos de estos países surgieron corrientes de opinión xenófobas que dieron origen a partidos de ultraderecha, desde el Frente Nacional de Le Pen al Partido Liberal Austriaco de Haider, pasando por el Partido Nacional del Reino Unido, la lista Pym Fortuyn en Holanda, el Partido Popular Danés o el Vlaams Belang, en Bélgica, que ha proseguido su avance en las municipales y provinciales del pasado mes de  octubre. En España, las coincidencias empiezan a ser alarmantes. La primera constante es la concentración de la población extranjera extracomunitaria, fundamentalmente en Madrid, Barcelona y la costa mediterránea. En 11 provincias, el peso de los recién llegados es muy superior a la media nacional e, incluso, lo duplica, según un estudio elaborado por las profesoras Carmen González Enríquez y Berta Álvarez-Miranda, a partir de los datos provinciales del Padrón a 1 de enero de 2005. Así, frente al 6,6% de media, el porcentaje de inmigrantes no comunitarios es del 12,1% en Almería y Girona, del 11,8% en Madrid, del 10,8% en Murcia, del 10,6% en Castellón y del 9,5% en Barcelona. La concentración es mucho mayor en algunos municipios y, dentro de ellos, en determinados barrios. Por poner sólo dos ejemplos, en El Raval barcelonés es del 47% y en San Cristóbal de los Ángeles, en Madrid, del 37,3%. En el caso de los jóvenes, la concentración aumenta: más de tres de cada diez personas de entre 15 y 39 años es extranjera en Madrid; en San Cristóbal, la proporción es de seis de cada diez.

Siguen sin darse varios de los factores que determinaron el éxito de la ultraderecha en otros países. Es cierto que existe una alta presencia de inmigrantes –el 60% de los españoles la juzga excesiva, según el CIS–, que la población autóctona ha comenzado a notar deficiencias en los servicios públicos por esta causa y que ha crecido la delincuencia relacionada con extranjeros, algunos agrupados en bandas que han tomado calles y lugares públicos. Sin embargo, el aumento del número de inmigrantes no ha coincidido con especiales problemas de desempleo ni ha provocado el auge de un  nacionalismo españolista, cuya imagen es nefasta por su vinculación al franquismo. Además, los principales partidos, esencialmente el PP, ya han lanzado propuestas para dificultar la inmigración, dando satisfacción a los descontentos. Eso nos salva.

La xenofobia es, en cualquier caso, el nexo que, a falta de  un líder, une a los grupúsculos y pequeños partidos que componen la extrema derecha española. De los que concurrieron a las pasadas elecciones generales, el más votado fue Democracia Nacional, que celebra su congreso este fin de semana con un lema: Nuestro pueblo, lo primero. Le siguieron las distintas versiones de Falange y España 2000. Entre todos, apenas sumaron 43.000 votos. Junto a ellos han florecido organizaciones  neonazis como los Hammerskin, Volksfront y Blood and Honour, cuyos miembros protagonizan la mayoría de los ataques racistas en España. Todos han orientado estos días su proa hacia Alcorcón. La integración requiere recursos. Precisa inversiones que aumenten los servicios públicos de todos y mejoren el rendimiento escolar de los inmigrantes. Exige establecer criterios para su participación electoral, de manera que dejen de ser invisibles para los partidos. La inmigración no es un problema si se tienen claras las soluciones.

En qué anda...

Joaquín Leguina. Diputado a su pesar

No es un secreto que el ex presidente de Madrid no es un enamorado de la Comisión de Defensa que preside en el Congreso. A finales de año planteó, sin éxito, que el partido le propusiera como vocal del Tribunal de Cuentas de Madrid. Es lo que tiene no gozar de las simpatías de Blanco y de Simancas.

José Acosta. Candidato por titulcia

El líder del guerrismo en Madrid es un sentimental o lo parece. En las próximas elecciones municipales ha decidido echar una mano a la candidatura socialista de un pueblo de Madrid de 800 habitantes. Será el último de su lista: el 7.

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