Ruina, abandono y vigas podridas: viaje a las obras del Congreso de los Diputados

Vista del agujero de la cubierta de plomo del Palacio del Congreso de los Diputados, por el que se produjeron las goteras que afectan al edificio.
Vista del agujero de la cubierta de plomo del Palacio del Congreso de los Diputados, por el que se produjeron las goteras que afectan al edificio.
EFE

Las entrañas del Palacio del Congreso de los Diputados eran, hasta hace unos pocos meses, todo menos un Palacio. Vigas deshechas, goteras, tejas rotas, animales muertos, kilómetros de cable obsoleto, tuberías podridas, ruina, abandono y caos de decenios. Una ínfima parte de ese desastre ya se conocía, y por eso se abordó hace un año la obra de renovación de la cubierta de plomo, la responsable de las goteras que son la enfermedad endémica del edificio. Aunque lo peor vino después.

Cuando los responsables de la obra abrieron en canal techos y paredes de la segunda planta del Palacio, dedicada a despachos, se encontraron con una devastación que no se imaginaban. La vicepresidenta primera del Congreso, Celia Villalobos, que ha acompañado a los periodistas en una visita por las obras, lo ha resumido en una frase: "Aquí ha habido un abandono de más de un siglo, pero nunca es tarde si la dicha es buena".

En ese estado de ruina, Villalobos reconoce que en algunos lugares incluso ha podido estar en peligro la integridad de las personas que cada día acudían al Congreso, como por ejemplo en la sala del Escritorio, donde pasan muchas horas los periodistas parlamentarios. El lucernario que adorna el techo de la sala estaba apoyado literalmente sobre la nada, con grave peligro de desprendimiento.

"Pero eso ya está solucionado, todo el edificio será plenamente seguro cuando acaben las obras", ha matizado Villalobos, que ha dirigido la visita junto a Ana Jiménez, la arquitecta de Patrimonio que ha dirigido los trabajos y que ha destacado la magnitud de las obras. Y es que la humedad acumulada desde que se inauguró el edificio el 31 de octubre de 1850 había ido minando las vigas de madera hasta el punto de que en algunos lugares simplemente habían desaparecido.

Viendo tanta desolación, se entiende perfectamente el incidente de la gotera en la sesión de control de hace dos semanas y que se debió a un canalón obstruido por los cascotes. Se han cambiado vigas, se han reforzado las que se podían conservar y se ha saneado no sólo el tejado, sino el cableado y la climatización del edificio completo.

Una joya de cúpula, cegada

Los equipos del aire acondicionado estaban instalados en los patios, restando luz a las salas y despachos y generando ruidos molestos. Ahora están en un lugar más seguro y no amenazan la estructura del edificio. Se han cambiado los ascensores, instalados en su día "por las bravas" y se ha renovado hasta el pavimento del salón de plenos, que era de un vetusto y feo "sintasol" que afortunadamente quedaba a cubierto bajo las alfombras.

La cúpula del hemiciclo, una maravilla del siglo XIX construida con madera y tirantes de hierro, estaba prácticamente cegada, repleta de tuberías, una maraña de cables y hasta un calentador de agua de unas de las viviendas que hace años había en el edificio. Rascando en las vetustas paredes de la segunda planta del Palacio ha aparecido incluso papel pintado de los antiguos inquilinos de esas viviendas, ocupadas en anteriores épocas por altos funcionarios de las Cortes.

Para limpiar de tanta ruina esa segunda planta, ahora cerrada, el Congreso se verá obligado a convocar un nuevo concurso, separado de las obras que ejecuta la empresa Dragados por un coste de 4,5 millones de euros, y que estarán acabadas a finales de noviembre. Entonces se quitarán los andamios que cubren la fachada desde hace casi un año, aparecerán de nuevo los leones, ocultos tras las vallas y el Palacio quedará listo para las tradicionales jornadas de Puertas Abiertas del Día de la Constitución, que no pudieron celebrarse el año pasado por culpa de las obras.

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