Alberto Giacometti
Giacometti en su taller, 1957 Robert Doisneau

El difícilmente etiquetable Alberto Giacometti (1901-1966), salvo si es para denominarlo como uno de los fundamentales del arte de las vanguardias del siglo XX, llega a la Fundación Mapfre (sala Recoletos) el 13 de junio para el deleite total del espectador, ya que la retrospectiva recoge toda su obra.

Las 190 piezas del suizo reúnen fotografías, esculturas, pinturas y grabados procedentes de 32 colecciones tanto públicas como privadas, y entre las que figura el MoMA de Nueva York, la Tate de Londres o el Pompidou de París.

Trasciende el juego para llegar al arte,
a la diferencia, a la originalidad y
al propio sello
La protagonista de la exposición, de ahí su título aparantemente simbólico y sin embargo puro realismo: Terrenos de juego, es la investigación que sobre la concepción espacial realizó durante toda su trayectoria Giacometti, tomando su taller, un terreno de juego particular, como modelo de su visión artística.

Una visión tan peculiar y personal que ha impedido colgarle al genio la tan buscada etiqueta, pese a haberse nutrido del Surrealismo en el que se inició.

La experimentación como juego y reflexión

Son sus poco conocidas esculturas surrealistas de los años 20, cuando militaba Giacometti en tal movimiento,  el punto de partida de esta muestra que es, como la propia manera de crear del artista, un terreno de juego y experimentación.

Creadas desde el inicio como tableros de juego, el artista realiza obras que buscan ser un lugar. Casi como si de una maqueta se tratara. Y esto es, una vez más, puro juego, sólo que trasciende el mero entretenimiento para llegar al arte, a la diferencia, a la originalidad y al propio sello.

La vida y la muerte entran dentro de sus parámetros preferidos. Son, por qué no, también parte o motivos de juego, si por él entendemos todo o al menos la vida propia y la ajena. O el arte. En su caso, como en el de otros creadores, decir lo uno es reafirmar lo otro.

Partiendo de las citadas primeras investigaciones en sus esculturas, Giacometti se dirige hacia otro tipo de obra: creaciones para plazas monumentales en las que el juego incluye al espectador, pues se convierte en una ficha más de la obra. Mirada desde este foco, la exhibición propone una nueva manera de observar sus famosas esculturas agrupadas de posguerra. En ellas se hacen frente, casi como opuestos y al tiempo símiles, sobre una misma plancha de bronce diferentes espacios y tiempos.

La vida y la muerte entran dentro de los parámetros preferidos del genial artistaA su vez, mientras da a luz esas monumentales, visionarias y casi imposibles creaciones, Giacometti hace de su taller de 18 metros cuadrados un auténtico laboratorio de experimentación artística. En él, escenifica sus ideas, lleva a cabo sus obras aunque no a tan inmenso tamaño y convive con ellas. El juego es parte de Giacometti hasta tal punto. Su taller era una sala de exposiciones en sí misma.

La exhibición termina llevando al espectador hasta lo más potente de la obra de Giacometti: el grupo de figuras de tres metros de altura, que diseñó para la explanada del Chase Manhattan Plaza de Nueva York, y entre los que destacan El hombre que camina y la Gran Mujer. La exposición es ya, a estas alturas, un muy real tablero de juego.

Giacometti mantuvo su mítico taller durante mucho tiempo aunque no fuera un lugar cómodo. Podría, disponía de dinero para ello, haberlo modificado, pero no lo hizo. Era su propia concepción lo que suponía, su juego, su isla donde experimentar la relación entre objetos y espacio.

La exposición incluye además destacadas piezas como Mujer de pie, Pequeño busto sobre pedestal junto a pinturas, dibujos y fotografías de Giacometti en su taller, como la que le tomó Robert Doisneau.