Antonio Muñoz Molina
Muñoz Molina, en la presentación de 'Todo era sólido' EFE

Tras la polémica ocasionada por la aceptación y recogida del premio Jerusalén (concedido por el gobierno)  por parte de Antonio Muñoz Molina (intelectuales y activistas de los derechos humanos lo criticaron con fiereza), llegan sus nuevas palabras a la par que la presentación de su nuevo libro Todo lo que era sólido (Seix Barral), una invitación, entre otras muchas cosas, a la rebelión cívica.

"No tengo nada en contra de los nacionalistas", ha dicho a Efe, pero deja muy claro su total desacuerdo con que se tilde de fascista a quien no piense de tal manera.

No creo en los pueblos ni en las naciones (Muñoz Molina)""Yo no soy nacionalista de ningún sitio, ni español ni turco. No creo en los pueblos ni en las naciones. Y tengo una idea de mi país que es una idea cívica; no es nacionalista ni esencialista", asegura Muñoz Molina, que aún soporta el chaparrón por la aceptación del premio y sigue de este modo defendiéndose

En su nueva obra, un ensayo, lleva a cabo el autor de El jinete polaco una vuelta atrás en el tiempo para darle otra mirada a la crisis a través de sus propios recuerdos.

Una denuncia diferente que intenta, lo que ya intentaba Bioy Casares con la escritura, comprender cómo hemos llegado hasta este bajo, oscuro y mísero lugar. Por supuesto no deja de preguntarse cómo es posible que se tambaleen tantas victorias de la democracia. Claramente se refiere a las más tocados y sin embargo más necesarias: la sanidad y la educación.

Y como si hiciera suya aquella canción de Sabina que decía algo así como que no salga tan caro ser valiente, denuncia que la libertad de expresión sale muy cara en España. Añade, y eso tal vez tenga más que ver con el chaparrón que se le ha venido encima por aceptar el galardón de Israel: que se paga "un precio muy alto por disentir".

Denuncia el autor lo cara que sale la libertad de expresión  en EspañaEn su ensayo, y pese a todo lo que sabe que acarrea pensar diferente y además decirlo en voz alta o mejor en letra impresa, aborda cuestiones tan complejas y susceptibles de escándalo como el nacionalismo o el poder de la iglesia católica. Le parece inexplicable que siga teniendo tanto poder. Que la iglesia católica mantenga ese reinado cuando, según el autor de Sefarad, su corona es resultado del saqueo público.

El escritor, que a sus 57 años es uno de los más importantes de nuestro país, miembro de la Real Academia y exdirector del Cervantes en Nueva York, realiza un interesante ejercicio al establecer similitudes con lo que sucedía en su época de estudiante: "No se podía disentir del comunismo sin que te llamaran fascista. Si uno era anticomunista, eso quería decir que eras franquista o que eras lo peor".

No quiere dejar el creador de denunciar e insistir en palabras que ya otros dijeron antes pero que es tan necesario como el aire que se sigan escuchando: "El desprestigio de la clase política a nadie se debe más que a ella, y está bien que se desprestigie el que roba, el que es sinvergüenza. Deben estar en la cárcel".

Y pide sin tapujos que salgamos y hagamos nuestros los territorios que nos ha robado la clase política. Porque, a pesar de los pesares (que diría Goytisolo), aún ve algo de luz: "Me llena de esperanza la movilización ciudadana ante los desahucios y el modo en que el personal sanitario de Madrid lucha por la sanidad pública".