El festival DCode: la comodidad tiene un precio

Sigur Ros, durante su actuación en Dcode 2012.
Sigur Ros, durante su actuación en Dcode 2012.
Efe

Uno de los asistentes al DCode, festival que este viernes inauguraba en Madrid su segunda edición, había recorrido 500 kilómetros tras salir del trabajo para ver en directo a la banda Sigur Ros. Un segundo disfrutaba de lo lindo haciendo el 'retromonguer', un tercero escuchaba los conciertos junto al amor de su vida y, a su lado, otro se congratulaba de haber perdido la cartera, pero de haber encontrado una novia.

Las historias de los que acudieron al DCode se volcaron el viernes sobre un mural gigante que les invitaba a contar la última vez que habían hecho algo por primera vez. Entre los testimonios se podían reconocer pasiones desatadas por The Killers, por The Kooks y el placer de poder pintar sobre una pared sin tener que huir al ser descubierto.

No es la única atracción que este año ofrece el DCode. Después una primera edición de toma de contacto, el festival ha ganado en número de visitantes, en el tamaño de su escenario principal y en los servicios de hosteleria.

El precio, engordado por la subida del IVA, no parece haber afectado a la afluencia de público (unas 15.000 personas). La comodidad de un festival donde todo está a mano, hasta las bandas internacionales, su pradera natural, la ausencia de apreturas y su ubicación muy cerca del centro de la capital tienen un precio que los festivaleros parecen estar dispuestos a pagar.

En la parte musical, destacaron Sigur Ros. Los islandeses llenaron de frío, bellos paisajes narcóticos y lamentos agudos el recinto. Pese a que muchos de los temas que interpretaron contaban con más de una década de antigüedad —la banda se tomó hace no mucho un importante descanso y su producción en los últimos años no ha sido muy prolífica—, el público, mayormente veinteañeros universitarios, reconoció los temas, apreció la densidad instrumental y aplaudió los éxitos. También hubo —pocos— algunos bostezos.

Una propuesta bien distinta, la de los franceses Justice, recolectó el resto de ovaciones de la noche. Los galos pusieron en marcha una maquinaria basada en una electrónica espacial, rockera y apocalíptica, y una niebla engañosa que convertía a los artífices de aquel sonido en unas meras siluetas que se afanaban tras los botones de una mesa de mezclas. Apenas eran reconocibles y apenas se movieron durante su actuación, pero la audiencia lo hizo, contenta, por ellos.

Para hoy se esperan las actuaciones de The Kooks y The Killers, entre otras. Se recomienda llevar alguna prenda ligera de abrigo.

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