Estaba preparando un artículo cuando, alertado por el problema de un lector, tuve que llamar al teléfono gratuito de la oficina de Consumo del Gobierno vasco. Expliqué mi consulta y me dijeron que tenía que llamar a la oficina de Bilbao; esta vez, pagando. Así que llamé.

Y no sé si fue porque estaba contagiado por la ira de la gente que le expone a diario sus problemas o porque ese día se había levantado con el pie izquierdo, pero el caso es que la persona que me atendió no lo hizo de muy buena gana. Entre borderías y casi gritos, me dijo que el problema que le planteaba no había forma de reclamarlo.

Hasta que le dije que era periodista y el marrón se lo pasó a otro. Lo malo es que esto ocurre con demasiada frecuencia en algunos de los teléfonos de atención al público que ofrecen las instituciones; teléfonos donde responden personas que están ahí para atendernos y a las que pagamos su sueldo entre todos.

Yo me pregunto: ¿dónde puede uno quejarse del trato que recibe en estos sitios? Porque se te queda una cara de tonto...