Con puntualidad suiza y en decenas de furgones policiales. Así ha llegado a las inmediaciones de la Plaça Catalunya un auténtico ejército de los Mossos d’Esquadra y la Guardia Urbana de Barcelona. Eran las dos de la madrugada, la hora fijada para el desalojo del último reducto del campamento de los ‘indignados’. Una hora antes que la Policía acordonara la zona, formando hasta cuatro cordones de seguridad por donde no podía entrar ni salir nadie, todo el mundo sabía lo que iba a pasar. Incluso los numerosos ‘lateros’ que vendían cerveza, agua y comida a los curiosos. Era como estar en un cine de verano con catering. En el interior de los bares que aún estaban abiertos, se podía ver a miembros del colectivo del 15-M, que se habían acercado al centro de la capital catalana para dar apoyo a los acampados. Junto a ellos, estaban los periodistas, que también esperaban la llegada de los antidisturbios.

Los primeros en aparecer lo hicieron por la calle Pelai y dieron la vuelta a la plaza para, rápidamente, tomar posiciones alrededor del campamento ‘indignado’, que parecía la aldea de Astérix y Obélix asediada por las tropas romanas. En breves segundos, decenas de agentes gigantones y perfectamente pertrechados tomaron posiciones, formando un inmenso círculo en torno al perímetro formado por las tiendas de campaña. Se oyeron murmullos y, a continuación, se hizo un silencio sepulcral.

Estamos encerrados, ¿usted cree que somos animales?Todo aquel que quería abandonar la Plaça Catalunya no podía. “Estamos encerrados, ¿usted cree que somos animales?”, le espetó un hombre de piel morena a una policía que le impedía el paso. A los periodistas los quisieron situar a todos en el mirador, pero los reporteros negociaron y consiguieron que les permitieran entrar en la plaza. Quien no tenía el brazalete o el chaleco de color naranja con la palabra “prensa” escrita no tenía casi nada que hacer. “Es el protocolo”, repetían los Mossos, escogiendo qué periodista tenía derecho a moverse y quien no, gracias a los distintivos que los convertían en un blanco fácil de controlar.

El silencio duró unos segundos eternos, hasta que un mando de la policía, se dirigió por megafonía a los concentrados. Eran las 2.15 horas. “La autoridad competente ha ordenado el desalojo de la Plaça Catalunya”, informó, “tienen 15 minutos para recoger sus pertenencias y abandonar el lugar o sus objetos serán intervenidos”. La advertencia era bien clara y muchos no dudaron en empezar a empaquetar sus bártulos. “¿No van a dar palos, verdad?”, le preguntó un hombre de mediana edad a una pareja de mossos, que no le respondieron.

En el centro de la plaza, un chico intentaba arengar a algunos de los acampados para que resistieran. “No podemos irnos con esta represión política”, les espetó para que no se fueran. Algunos, se quedaron con él, pero la mayoría ya habían decidido esfumarse. “Prefiero a mis perras”, gritaba una chica a su pareja. “¿Y qué vas a hacer?”, le insistía para convencerle de que no valía la pena quedarse porque estaba claro que la sociedad, según explicaba, no les había entendido. “Y si le cae un porrazo a tu perra, ¿qué?”, insistía, mientras cogía a dos cachorrillos y los abrazaba.

No podemos irnos con esta represión políticaSon las 2.30 horas. Alguien, en una de las tiendas, enciende la radio. Se puede oír la canción Que tinguem sort (Que tengamos suerte), de Lluís Llach, pero en boca de otro intérprete. Dos ‘indignados’ intentan romper el cerco por la zona del mirador. “Por debajo, por debajo”, les indica un mosso, señalándoles el camino de salida. Uno de los cachorros se escapa, salta una valla y se mete en la fuente vacía de la plaza, detrás del cordón policial. La chica, su dueña, sale detrás de él, pero no la dejan pasar. Al final, una policía se encarga de ir a buscarla y devolvérsela. Nadie puede romper el cerco, ni tan sólo los perros.

2.32 horas: llegan los primeros camiones grúa para desalojar a los ‘indignados’ que viven en las cabañas de los árboles. 2.33 horas: se produce un pequeño conato de pelea en medio de la plaza, mientras otros ‘indignados’ repasan el huerto para ver si se pueden llevar algo de comer. Junto a ellos, una lona reza lo siguiente: “paz y amor”. Un grupo de policías se llevan a una chica casi en brazos, cogiéndola por los extremos.

Son las 2.45 horas y por la radio suena ahora Angie. Los Rolling Stones se añaden a la fiesta sin que nadie los haya invitado. Un joven ataviado con un sombrero al estilo vaquero no para de hacer fotos a los mossos, como si estuviera de turismo en Disneyland.

“Voy a mear”, revela visiblemente alterado un hombre muy delgado, dominado por su bigote. Se lo explica a una policía, que no le deja saltar la valla. “Si allí hay mossos, allá también hay mossos y aquí también hay mossos, ¿dónde meo?... No mire usted y ya está”, le advierte a la agente, al tiempo que se saca el aparato y empieza a orinar contra la pared de la fuente. Ahora, se le ve aliviado. Ya son las 2.50 horas.

Hay más de 100 furgonetas de Policía en la plazaEntra el primer gran camión de basura, al que le siguen otros muchos. Y, junto a ellos, otro ejército, esta vez, de barrenderos, todos perfectamente uniformados de verde fluorescente. Un par de hombres, con un casco de moto en la cabeza, increpan a dos antidisturbios en un extremo de la plaza. Uno de ellos grita, balbucea cosas en árabe. El agente se lo mira, sin moverse. Cinco minutos más tarde aparecen los antidisturbios de la Urbana. Uno de ellos lleva los papeles para levantar acta de los objetos que confiscan. No paran de llegar más periodistas. “Carroñeros”, les grita una chica, cómo no, indignada.

Son las 3.00 horas. La radio ya no suena. Los Rolling Stones se han ido. Los camiones de basura empiezan a estar bastante llenos. Una periodista intenta contar los furgones de policía. “Hay más de 100”, afirma. Y uno no puede dejar de pensar en cuántos euros se gastarán la consellería de Interior y el Ayuntamiento de Barcelona para pagar las horas extra nocturnas de tantos policías. Un cartel de los ‘indignados’ parece ser muy premonitorio. “Dinero, dinero y más dinero”, dice la pancarta, junto a la cual otra da datos sobre el salario mínimo interprofesional y otra informa sobre las cifras de paro. En ese preciso momento, el reloj giratorio que hay en la azotea de uno de los edificios más emblemáticos de la Plaça Catalunya da otra vuelta y deja al descubierto el reverso, donde puede verse claramente las siglas de un banco: BBVA.

Ha sido una noche larga: se borró lo último que quedaba del campamento del 15-MSon las 3.15 horas. Se ha formado una pequeña asamblea en el centro de la plaza, mientras el servicio de limpieza municipal sigue levantando el campamento. “Compañero, ¿esto también?”, le pregunta un barrendero a un guardia urbano cogiendo entre sus manos el esqueleto de una bicicleta. “Todo, todo lo que veas”, le responde. El césped, antes ocupado por las tiendas de campaña, ahora está al descubierto y lleno de agujeros, como el del Camp Nou después de un concierto de Bruce Springsteen. Ahora, el olor a hierba y a menta ahoga los orines acumulados. A lo lejos, una de las cabañas que está siendo desmantelada en un árbol parece un barco pirata a la deriva.

Unos jóvenes despliegan una pancarta en el centro de la plaza: “Resistencia pacífica”. Poco después, un pelotón de agentes antidisturbios de la Urbana irrumpen en el perímetro, caminando en fila india, y rodean a un grupo de ‘indignados’ que han decidido sentarse, obedeciendo la consigna de no ofrecer violencia. Tras un intercambio de impresiones, los desalojan. Son las 3.28 horas, los barrenderos retiran la última pancarta reivindicativa que quedaba en pie. Aún les queda mucho trabajo para limpiar del todo la plaza.

“Daros prisa, que me quiero ir pronto”, les pide un guardia urbano. La noche de los ‘indignados’ será recordada como la de los ‘encerrados’. Una noche larga, en la que se borró lo último que quedaba del campamento del movimiento del 15-M. Hasta los Rolling Stones dejaron de sonar.

 

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