David Foster Wallace (1962-2008)
David Foster Wallace nació en Ithaca (Nueva York) en 1962 y se ahorcó en Claremont (California) en 2008. Giovanni Giovannetti

David Foster Wallace nunca redactó una línea sobre su largo combate contra la depresión. A causa de ese silencio, la noticia del suicido del escritor en septiembre de 2008, a los 46 años, tuvo para sus muchos lectores la contundencia inesperada de una catástrofe natural: un terremoto,un huracán no anunciado, un incendio...

Ya está a la venta en inglés la novela en la que Wallace trabajaba cuando decidió darlo todo por perdido y ahorcarse en el patio de su casa en Claremont (California, Estados Unidos). Es una reflexión inacabada y oscura sobre la “compleja irrelevancia de la vida cotidiana”, el “aburrimiento y la banalidad”, adelanta el editor Michael Pietsch.

La novela, que se titula The Pale King (El rey pálido) y está publicada por Little, Brown and Company, consta de seis partes y es definida por la empresa como una “novela parcial” o “novela inacabada”, con la trama sin rematar.

La viuda de Wallace, la artista de mixed media Karen Green, ha contribuido a la preparación de la edición, que tiene notas explicativas que aclaran las posibles intenciones que el autor no tuvo tiempo a desarrollar.

Un inspector de Hacienda en el Medio Oeste

La novela se abre con una cita de Desire (1977), de Frank Bidart. Son dos estrofas del poema en prosa Borges and I (Borges y yo):  "We fill pre-existing forms and when we fill the change them and are changed" ("llenamos formad pre existentes y cuando las llenamos las cambiamos"). Wallace siempre calificó a Jorge Luis Borges como el mejor escritor del siglo XX. Consideraba que el laberíntico trazo del autor argentino y sus tramas de alocada situación espacio-temporal eran una fuente de inspiración adecuada al ritmo de la vida del fin de siglo.

El narrador es un inspector del Internal Revenue Service (el departamento federal fiscal de los Estados Unidos); se llama como el escritor, David Wallace, y acaba de llegar al centro de exámenes del departamento en Peoria, un pueblo del adormecedor Medio Oeste de los Estados Unidos. La acción transcurre en 1985.

En uno de los capítulos confiesa que desde niño escucha voces en su cabeza"Nunca me asustó pensar lo que significaba sobre mi posible salud mental escuchar voces, porque las voces de mi niñez (eran dos, cada una con un timbre y una personalidad propios) nunca me hablaban de nada que no fuese bueno, feliz y tranquilizador”, dice el protagonista.

La obra, muy esperada por las masas de lectores que se acercaron a Wallace, sobre todo tras su muerte -en vida alcanzó un gran reconocimiento crítico y cierto rango en su país, pero nunca entró en la categoría de los escritores cuya simple firma garantiza el éxito-, ha sido retrasada en varias ocasiones por la editorial.

Sin fecha para la edición en castellano

Esta vez es la buena: el libro, con una cubierta diseñada por la viuda, puede ser comprado ya en Estados Unidos. En Barnes & Noble y Amazon lo venden por 15,78 dólares en tapa dura y 14,99 en e-book. No hay fecha para la edición en castellano.

En una nota inicial, Pietsch -que también se encargó de la edición de la obra más compleja de Walle, La broma infinita (1996)- explica la dificultad de un minucioso trabajo de ensamblaje sobre el material encontrado en el lugar donde Wallace trabajaba, el garaje de su casa, con un sola pequeña ventana. El editor trabajó sobre un manuscrito de 250 páginas (que ha sido editados "sólo levemente") y el contenido de varios discos duros de ordenador, libretas de notas escritas a mano y los libros de referencia que utilizó el novelista, un tipo de una minuciosidad casi neurótica.

Dada su timidez y la elegancia con que rehuía hablar en público sobre sí mísmo, sólo podemos conjeturar lo que Wallace sufría durante la gestación del libro. Durante los últimos dos años de su vida, según se ha sabido por testimonios de amigos y allegados, la pena era mucha.

Escribo (...) hundido en el dolor. Estoy cansado de mi mismo

Hubo un primer intento de suicidio, en mayo de 2008. Por entonces Wallace envió una carta a su amigo, el también escritor Jonathan Franzen: “Escribo (...) hundido en el dolor. Estoy cansado de mí mismo, de mis pensamientos y asociaciones mentales, de la sintaxis, de mis hábitos verbales. Mi trabajo atraviesa por una fase de gran oscuridad”.

Durante más de 20 años, Wallace se había medicado contra una depresión profunda. Tomaba desde 1989 Nardil, una droga sintetizada en los años cincuenta que fue uno de los primeros antidepresivos comercializados.

En 2007, tras una indigestión en un restaurante oriental, tuvo que ser hospitalizado. Los médicos que le atendieron se sorprendieron del tiempo que llevaba administrándose Nardil, hablaron de sus efectos secundarios y ensalzaron los grandes progresos de la farmacopea.

Convencieron al paciente, un tipo bastante más inseguro de lo que cabría deducir de su escritura brillante y expansiva, y le recetaron otro medicamento. “No tenían ni idea de que el Nardil era lo único que le mantenía con vida”, ha declarado Amy, la hermana de Wallace.

Una docena de sesiones de terapia electro convulsiva

La cuesta abajo fue inmediata: a una droga siguió otra y todas fallaron. Le sometieron a una docena de sesiones de electro choque que sólo empeoraron la situación. El equilibrio químico interior se había roto. La capacidad de escribir como siempre, con un estilo rápido, cromático, irónico e incisivo (“ficción moral apasionada”, gustaba de llamarlo), también se desvanecía en la marea negra de la tristeza. Ya no se sentía como un niño jugando.

De su manera de ser -curioso, normal, grandote, ocurrente y de una enorme cultura- quedan ejemplos más que palpables en los libros de su biblioteca privada, que la familia ha donado a la Universidad de Texas (Austin-EE UU). El archivo virtual permite repasar ediciones de Borges, DeLillo, Updike y McCarthy que Wallace intervino, garabateando furiosamente los libros con notas a bolígrafo.

Sea lo que sea The Pale King, nunca superará la velocidad de vértigo para radiografiar el mundo moderno que ejerció como autor de relatos (La niña del pelo raro, Extinción, Entrevistas breves con hombres repulsivos) y, sobre todo, de sus insuperables artículos para revistas, reunidos en Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer y Hablemos de langostas.

Iba para tenista profesional u los dejo todo por la escritura

En los últimos años se ha expandido la fiebre por la voz y, sobre todo, la forma de decir (fractal pero nunca imbécil o pomposa) de aquel tipo que iba para tenista profesional y lo dejó todo por la escritura. Se han organizado lecturas mundiales colectivas de La broma infinita, han proliferado los grupos de fans, han rodado una película basada en una de sus obras, compuesto una pieza de música de vanguardia inspirada en un relato, existe un hermoso libro de más de trescientas páginas con las conversaciones entre un periodista y el escritor...

Pero lo cierto sigue siendo que David Foster Wallace dejó de escribir, muy a su pesar, porque no podía soportar la trísteza y se colgó de un cinturón de piel negra. Era de noche. Su mujer había salido y sólo le acompañaban sus dos amados perros, Bella y Warner.

"Celebridad. Interés mediático"

Las cuatro páginas de la autopsia tienen un grado incorrecto de uso descriptivo del lenguaje. Nadie necesita tanto un diccionario como los policías, los forenses y los arquitectos.

Dicen cómo vestía (short gris, camiseta azul y deportivas blancas), la edad (46 años), las medidas corporales (73 kilos, 182 centímetros), el color de pelo y ojos (marrones), la barba y el bigote, la raza (caucásica), la identidad (Wallace, David Foster), el epílogo (“Encontradas notas. Historia de depresión”)...

Y una consideración sobre la cual el suicida podría haber escrito un hilarante y sagaz ensayo: Celebrity, media interest (celebridad, interés mediático).