Gerard Piqué
Gerard Piqué. Luis Grañena

Gerard Piqué considera que el fallo no es sino una forma de crecer. Incluso, rizando el rizo del optimismo, cree que trae implícita parte de su suerte. En 2007, cuando aún era jugador del Manchester United, cometió un error garrafal en un partido contra el Bolton Wanderers. Es posible que el manager del club, Sir Alex Ferguson, no pusiera demasidadas pegas a dejarle marchar a raíz de aquello. Un descuido ante el ex madridista Nicolas Anelka le entregó en bandeja la suerte de regresar a su casa, a Barcelona, para ganarlo todo.

En el Barça dejó de hacer bromas, cansado de que le echaran la bronca por desinflar las ruedas de los coches de sus compañeros. Una manía que había adquirido de pequeño, cuando robaba tapones de aluminio de los vehículos en su pueblo con Cesc Fábregas y les tocaba salir corriendo. Su inquietud le dio algún que otro susto. Cuando era un bebé de apenas 17 meses, cayó desde el balcón de casa de sus abuelos al perseguir un balón y entró en coma durante varios días. Su abuelo, Amador Bernabéu, dijo que aquel golpe le hizo más listo y, lejos de quedarse con el miedo en el cuerpo, Piqué siguió moviéndose por el filo del bien y del mal, bajo una forma de ser imposible de cambiar.

Bromista,  extrovertido y farandulero -como le decía Xavi- dentro y fuera del campo, goza de una mente privilegiada. Futbolista, modelo, actor y empresario, ya apuntaba maneras de pequeño pero Montserrat, su madre, dudaba que consiguiese llegar a lo más alto en el mundo del fútbol: “Era tan bueno en todo, incluso en los estudios, que nos daba miedo arriesgarnos con el fútbol”, explica ella. Una mente privilegiada que le permite querer aspirar a la presidencia del FC Barcelona -en honor a su abuelo, directivo en la época de Josep Lluís Nuñez y Johan Cruyff-, al sector alimentario, los videojuegos y la moda. Todo ello sin olvidarse de lo que es: un futbolista de élite en busca de su segundo Mundial. Y por voluntad propia, el último.

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