Byan Ruiz
Byan Ruiz intenta una chilena en el partido entre el Real Madrid y el Sporting. Manuel de Almeida / EFE

Los portadores del número diez deberían aprobar un examen de acceso. No es un dorsal que pueda vestirse cualquiera: se necesita una elegancia natural, osadía, autoconfianza y, lo que es menos frecuente, talento. Si han probado a llevarlo en algún partido del colegio o de la liga municipal habrán notado que pesa como una mochila de piedras; pasa lo mismo con la camiseta de Brasil, no importa el número, aunque si es el diez la mochila se transforma en un petrolero adosado a la espalda. La razón principal es que te observan, los compañeros, los enemigos y los espectadores, caso de existir. De pronto, dejas de ser un jugador como los demás para transformarte en el diez, heredero colegial o municipal de Puskas, Pelé, Maradona y Messi. Comprenderán que no hay humano que lo soporte.

El costarricense Bryan Ruiz no hizo el mejor partido de su vida contra el Real Madrid. Sin embargo, lució el número diez con el donaire que exige la herencia recibida. Cierto es que no tocó demasiados balones, pero los que le llegaron los devolvió bien peinados, aseados como un niño camino del colegio. No hace falta tener una influencia decisiva en el juego, si bien es cosa que se agradece. Lo importante, y lo que permite sobrevivir a un diez en las circunstancias más adversas, es sostener la promesa de que algo mejor puede suceder, aunque no ocurra.

Ninguna jugada más apropiada para simbolizar esa expectativa que la chilena que Bryan Ruiz ejecutó en la segunda parte, abortada por el árbitro, por Varane y por la suerte, concretamente la mala. Si aquel remate hubiera entrado (a veces entran) o, lo que es mejor aún, si hubiera golpeado estrepitosamente en un poste, no habría explicación del partido sin pasar por Bryan Ruiz, por el gol que impulsó al Sporting o por el maderazo que lo frenó. Eso se espera de un diez.

Sólo le falta una carrera por España para completar su ciclo profesionalLisboa es una ciudad hermosa, sin nada que envidiar a San Francisco, ni puentes ni terremotos. Pero también lo es Sevilla, a donde hubiera llegado Bryan Ruiz de concretarse su fichaje por el Betis en el verano de 2014. O Valencia, de donde estuvo muy cerca en el invierno de 2015. Con todos los papeles firmados, fue la FIFA quien frustró su cesión al Levante procedente del Fulham. El motivo es que la inscripción llegó un minuto fuera de plazo, lo que nos lleva a preguntarnos qué tienen los relojes y la Hewlett Packard en contra de los costarricenses.

Después de jugar en Bélgica (Genk), Holanda (Twente y PSV), Inglaterra (Fulham) y Portugal, a Bryan Ruiz sólo le falta una carrera por España para completar su ciclo profesional. Quién sabe. Quizá el idioma, el clima, la comida y la proximidad de Keylor le permitieran alcanzar una nueva dimensión. Todo se puede esperar de un diez.

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