Ray Zapata, una plata olímpica para la pequeña Olympia

Ray Zapata con el babero de su hija Olympia tras su ejercicio en la final de suelo.
Ray Zapata con el babero de su hija Olympia tras su ejercicio en la final de suelo.
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El mismísimo Gervasio Deferr, historia viva de los Juegos Olímpicos, aguantaba a duras penas los nervios, y 'celebraba' con timidez algún pequeño fallo de los rivales. Era comprensible, competía Ray Zapata, aquel niño nacido en Santo Domingo que con 9 años llegó a Lanzarote, aquel jovencito que Gervi 'adoptó' y siguió durante toda una brillante carrera olímpica hasta el 1 de agosto de 2021.

Y ese día, hoy, la gimnasia masculina volvió a sonreír trece años después y encontrar sucesor para Deferr. Quien mejor que Zapata, culminando a sus 28 años una carrera plagada de éxitos y un ciclo olímpico único con una medalla de plata más que merecida.

Porque en estos cinco años, Zapata ha tenido tiempo para vivir una pequeña vida: se rompió el tendón de Aquiles, infierno para cualquier gimnasta que bota hasta el cielo y debe clavar sus ejercicios sobre sus dos pies, tendones, gemelos, rodillas... todo el cuerpo firme. Pero logró recuperarse en plenitud e incluso la rehabilitación le dio más potencia si cabe: hay pocos gimnastas que lleguen tan lejos en el aire como el español.

No todo fue desdicha, pues la pequeña Olympia nació para darle a papá un nuevo motivo para seguir compitiendo. Y Ray, nada más terminar hoy su ejercicio, sacó de la mochila el pequeño babero de su hija. Y sonrió tras la mascarilla.

Fue un muy buen ejercicio, precavido, en el que Zapata intentó asegurar. Comenzó con el Zapata I, sin atreverse a soltar la bomba que tenía preparada, el Zapata II. Prefirió conservar, pues el tatami de Tokio es una cama elástica que te puede enviar fuera de los límites al mínimo intento. Varios gimnastas lo han comprobado ya, no así Ray, que clavó cada salto. Apenas un pasito de más, pero el resto fue casi perfecto. Lo había conseguido, y nada más bajar del 'suelo' se deshizo emocionado en brazos de su psicólogo,

Terminado el ejercicio y descargada toda la tensión, la agónica espera fue confirmando las expectativas: solo Dolgopyat consiguió superar a Zapata. Ambos ejercicios coincidieron en nota pero una décima marcó las diferencias, pues el del israelí tenía mas dificultad. El español lo asumió con resignación, enfado porque desconocía esa norma, y con lágrimas, consciente quizás de que el Zapata II le hubiera dado el oro. No tardará mucho en darse cuenta de que una plata olímpica tampoco es un mal premio para toda una vida. Ahora, le tocará decidir si aguanta tres años más y compite en París convertido en treintañero. No lo descarten.

Y mientras, en el puesto de comentaristas, junto a la compañera Paloma del Río, Gervasio Deferr lloraba sin consuelo. Aquel niño es su heredero.

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