El efecto calamar

Había oído hablar del efecto mariposa, del efecto dominó, del efecto invernadero o incluso del efecto placebo. El primero y el último le encantan.  Le parecen todo un misterio. Una bendición que hace posible cualquier cosa, dicho sea de paso. Pero esta mañana, conduciendo, ha escuchado en la radio que hablaban del efecto calamar. Y se ha quedado pegada. Ha llegado a su destino y allí se ha quedado, sola, sentada en el coche, en la oscuridad del parking, con el motor apagado y la radio en marcha.

Pues bien, el efecto calamar es la capacidad que tenemos todos –entre los que ella se incluye- de mortificarnos, de exagerar y de regodearnos en la desgracia cuando algo nos sale mal. El pesimismo se expande y lo tiñe todo de negro como la sucia tinta de calamar. Si bien es cierto que la autocompasión vende más y que las novelas están plagadas de tragedias griegas, ser feliz –aquí más de uno dejará la lectura- depende más que nunca de una cuestión de actitud. De la predisposición genética y del entorno, está claro, pero de las ganas que le pongamos, también. Según el estadounidense Raymon Novaco, experto en psicología sobre el enfado, la ira es el gran enemigo interior. Parafraseando su entrevista en La Vanguardia, las personas se enfadan no sólo por lo que les pasa sino por el significado que les conferimos a las cosas. A los detalles, a las promesas incumplidas, a los problemas. Muchas veces, la tinta de calamar parece más oscura de lo que realmente es. Y nos olvidamos de que, a pesar de todo, quizá sólo necesitemos vacaciones.

Además del programa de Francino, hoy ha visto del tirón The Road y Precious. Ahí es nada. Quizá por ello se sienta más viva y no permita que la ira consuma todos sus recursos. A decir verdad, ni siquiera tiene motivos para sentirse airada. Además, ahora que lo piensa, ella aborrece el calamar en su tinta. Lo prefiere a la romana. Y si es en un chiringo, con unas cañas y unas bravas, pues mejor que mejor. A veces, no se necesita más…