Un apretón sin pena ni gloria

Pero no hubo tal. A veces la instantánea dura eso, un instante, y ni para foto da, y ése fue el caso. Luego vino el apretón (de manos, que el otro pertenece a la más estricta intimidad, salvo que aflore públicamente). Y más nada. Lo mismo podía haber sido un reportero de CQC abordando al one para colocarle las gafas que los protocolos de un funeral de postín. El caso es que el manual no dio más de sí y el encuentro interpresidencial (salvando las distancias) de Bruselas discurrió sin pena ni gloria, que seguramente de eso se trataba. Lástima, porque alguno hubiera pasado meses sin lavarse la mano por conservar los magnos efluvios –como si de la primera novia se tratara– hasta que al apéndice le salieran costras como galletas de chapapote.