El ciclista misterioso

Estaba hablando con una entrañable conocida en plena calle cuando un ciclista detuvo su bicicleta junto a nosotros. Me miró y, con media cabeza tapada por un azulado casco, me dijo: “te conozco”. Le respondí, tras contemplarlo con cierta sorpresa, que me diera más pistas. “Eres amigo de mi mujer”, me apostilló. “Nunca se me olvida una cara”, concluyó, enigmático.

Ni así. Le interrogué por el nombre de su esposa. “Isabel”, contestó lacónicamente. Le sugerí que me aportara su apellido ante la curiosidad que estaba suscitando tanto en mí como en la tercera persona, silente, que formaba el grupo. Me lo lanzó. Tampoco caí. Le solicité, ya indignado con mi despiste o con su supuesta broma, un dato más.

Aportó el nombre de una amiga mía y, a la vez, de su esposa. Así ya pude enlazar. “Tú y yo coincidimos en una cena hace quince años”, desveló entonces. “Ya te lo dije, nunca olvido una cara”, añadió y, sin quitarse el casco ni darme tiempo a preguntarle por su vida, se marchó con la misma celeridad con la que había llegado. Si nos volvemos a topar, espero reconocerle, si no, ya se encargará él de evaluarme.