Urgencias a tope por avaros

Cuando la paciencia está en números rojos de esperar tu turno en el médico de cabecera, en una sala estética años setenta (no es fruto de un decorador vanguardista in, sino de que la pintura y los azulejos datan de aquella época) de cháchara con otros pacientes –de ahí viene la palabra, de paciencia–, solemos reaccionar de dos maneras. Unos, los más pudientes o los convencidos de que lo moderno es el liberalismo y lo antiguo es la sanidad pública, se contratan un seguro y se van a una clínica privada. En las cenas de amigos, quedan de los más chic, contando cómo las habitaciones parecen de un hotel caro, hay hilo musical en recepción, el aparcamiento está lleno de cochazos...

Los otros contribuyentes, los que no visten ropa de marca y multiplican las sobras para mantener a sus familias, cuando se exasperan en la consulta del médico, se van a urgencias. A la mínima, aunque tengan que esperar cuatro horas porque lo suyo no es grave. Es pura rebeldía. La Conselleria de Sanitat debe decidir, ahora, a quién ayuda, invirtiendo en más hospitales privados o en más médicos públicos. ¿Quién dijo que la izquierda y la derecha ya no existen?