La ley y la conciencia

El cardenal Carles ha hecho una declaración tremenda, refiriéndose a los funcionarios que autoricen bodas homosexuales: «Obedecer antes la ley que la conciencia lleva a Auschwitz». Como frase, resulta impactante; como referencia, evoca las penas del infierno a través de su ejemplo en la Tierra. Aunque el mensaje es desafortunado. Para empezar, esa equiparación entre el quebranto de conciencia que produjera gasear a millones de personas, con el que pueda producir autorizar un matrimonio gay, es una muestra de la desmesura que están alcanzando algunas posiciones del debate político.
 
Pero, además, la contraposición pública entre ley y conciencia es tramposa, porque cuando se invoca la conciencia, ésta nos remite siempre a otra ley ideal que se quiere anteponer a la vigente. Instalados en el tremendismo de Carles, podríamos recordarle que esa reivindicación de la conciencia como legitimación es un pensamiento subversivo que ampara todos los golpismos. Si bien es cierto que Auschwitz fue posible porque una norma totalitaria se impuso a las conciencias (o mejor, a los miedos), también lo es que todos los golpes de Estado –incluido nuestro 18 de julio de 1936– se han justificado desde la conciencia de unos supuestos valores superiores a la legalidad vigente que se quería subvertir. Y en un plano individual, todos los abogados sabemos que ningún acusado de un delito, por grave que sea, carece de una justificación de conciencia para su conducta; cuando no es la necesidad económica, es la venganza de una ofensa, la dependencia de la droga o la incomprensión del mundo, los que autojustifican cualquier infracción de las normas de convivencia. La conciencia individual, la moral, el derecho, la política, tienen escalas de valores propias y separadas. Es peligroso mezclarlas o contraponerlas, cuando se desplazan valores propios de un ámbito para subvertir los de otro.