Un parque nacional menos

La sobreexplotación de las aguas subterráneas acaba con Las Tablas de Daimiel

No lo digo yo, lo reconoce el propio Gobierno, quien en una escueta respuesta parlamentaria afirma, contundente: «Se ha producido una anulación de las aportaciones de agua tanto superficiales como subterráneas al sistema, y en la práctica [supone] la desaparición de todo el complejo de humedales que constituyen la Mancha húmeda». El Parque Nacional de Las Tablas de Daimiel, los lagunajos del río Cigüela, las ruidosas colonias de pato colorado y cuchara, los pescadores, los Ojos del Guadiana... son ya triste historia. Miles de pozos, ilegales en un altísimo porcentaje, tienen la culpa. El agua, nuestro bien más escaso, se derrocha allí con alegría para alimentar extensos maizales fuertemente subvencionados, en detrimento de los tradicionales trigo, vides y olivos. Millonarios trasvases del Tajo-Segura intentaron mantener una pequeña lámina de agua superficial que salvara la cara a los políticos, pero la solución, además de limitada y artificial, se ha revelado inútil.

Visitar en estos días Las Tablas de Daimiel es un buen ejercicio de reflexión. Creado en 1973 gracias al empuje mediático de Félix Rodríguez de la Fuente, las anátidas sólo se pueden ver hoy en viejas fotografías de los tiempos del antiguo esplendor o en las contaminadas balsas de las depuradoras de los pueblos cercanos. La extensa red de puentes y pasarelas de madera cruza ahora desnudos eriales de naturaleza muerta. Pero no se preocupen.

Bajo control. Dice el Gobierno que todo está bajo control.

Porque las aves que permanecen en el parque «encuentran capacidad para sobrevivir en las circunstancias actuales», y las que ya no están «simplemente han migrado a sitios mejores (...)». Simplemente.

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