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La gala de 2011 con James Franco y Anne Hathaway: ¿el inicio de la maldición del presentador en los Oscar?

La actriz ha bromeado recientemente sobre el fracaso mediático de aquella gala.
Flashbacks de guerra
Flashbacks de guerra

Falta poco más de una semana para que se celebre la 94 edición de los Oscar, y como viene siendo tradición no llegan exentos de polémica. La ausencia de No se habla de Bruno entre las canciones originales nominadas (aunque sí vaya a ser sujeto de una actuación en vivo dentro de la gala). La organización espontánea del Oscar a “Mejor película original” (que es posible que gane la Cenicienta de Camila Cabello para hilaridad tuitera). O, sobre todo, la decisión de entregar ciertos premios fuera de emisión. Todo dentro de la angustia de la Academia de Hollywood por recuperar una audiencia que lleva en caída libre desde hace años. Los Oscar han de volver a ser atractivos. 

En este sentido, la medida que más titulares ha acaparado (sin, por supuesto, demasiado apoyo por parte de Internet) es recuperar a los presentadores. Los Oscar 2022 estarán guiados por el trío de cómicas que forman Regina Hall, Wanda Sykes y Amy Schumer, luego de tres años donde la ceremonia ha carecido de anfitrión. Han sido tres años agitados por la pandemia y, en especial, el extrañísimo experimento social que dirigió Steven Soderbergh y que el año pasado nos entregó una de las galas más desconcertantes que se recuerdan. Con la designación de presentadores, pues, se quiere recuperar una identidad de los Oscar más convencional y mediática, aunque el asunto está difícil.

Hay que recordar que los Oscar llevan sin presentador desde que en 2019 Kevin Hart fuera despedido a última hora por unos tuits racistas. Y que, en sí mismo, el oficio de presentar los Oscar lleva aparejado una sensación de mala suerte, de imposibilidad de hacerlo bien, que es posible que se remonte a más de diez años. Sobre este asunto hablaba recientemente Anne Hathaway, antigua presentadora de los Oscar. Ante la pregunta de Variety de qué podrían aprender de ella Sykes, Halls y Schumer, Hathaway dijo: “nada de mí”. A continuación, risas que suceden un momento traumático, y fundamental para la historia de la Academia.

El inicio de la maldición

Hathaway se refería, por supuesto, a la gala de los Oscar de 2011. Esa que presentó junto a James Franco, y que el año pasado coincidiendo con el 10 aniversario fue motivo de varios reportajes recordando qué demonios había ocurrido. Desde más o menos 2018 existe la noción consensuada de que presentar los Oscar es algo “desagradecido” y “mal pagado”, donde no puedes hacer otra cosa que “salir a perder” con la posibilidad de ver dañada tu reputación por el camino. Es justo lo que le pasó a Hathaway con su compañero Franco, presentado una de las galas más incómodas que se recuerdan.

En la 83 edición de los Oscar celebrada el 27 de febrero de 2011 competían a Mejor película El discurso del rey, La red social, Toy Story 3, Valor de ley, Cisne negro, Winter’s Bone, The Fighter, 127 horas y Los chicos están bien. Ganó El discurso del rey paralelamente a que Tom Hooper obtuviera Mejor dirección y Colin Firth Mejor actor. Entretanto Natalie Portman lució embarazo mientras ganaba Mejor actriz por Cisne negro, y tanto Christian Bale como Melissa Leo ganaron premios secundarios por The Fighter. Sin embargo, y evidentemente, si tanto se recuerda esta gala es por la labor de los presentadores.

El año anterior a Franco y Hathaway los Oscar habían sido presentados por Alec Baldwin y Steve Martin. La audiencia se había mantenido estable, pero hubo quien pensó en la Academia que acaso esa dupla era demasiado boomer y, de cara a la siguiente edición, se pensó buscar a sangre joven. El número de espectadores no era una variable tan acuciante a finales de la primera década de los 2000, de forma que los Oscar podrían permitirse experimentar, y con la elección de Hathaway y Franco es posible que inauguraran una maldición, la del presentador en los Oscar, que se extiende hasta nuestros días.

Según esta maldición, es imposible que un presentador de los Oscar termine la noche con buenas críticas. Y Franco y Hathaway tuvieron las peores, aunque todas las informaciones sobre el tema apuntan a que, especialmente, fue culpa del primero. Mientras que Hathaway (entonces triunfando con el díptico Princesa por sorpresa y El diablo viste de Prada) encaró la tarea con un entusiasmo desbordante, Franco parecía todo el rato como “recién levantado de la siesta”, según declaró el guionista de la gala David Wild. El actor de Spider-Man diría más tarde, defendiéndose, que su actitud formaba parte de un plan: “quería que fuera como una buddy comedy de policías con dos protagonistas opuestos”.

Pero quizá esa intención solo enmascarara una gran desgana. “Fue una cita a ciegas incómoda, entre el chico fumeta del instituto y la adorable animadora”. La idea de los guionistas fue que Franco y Hathaway desarrollaran una química propia a través de los ensayos previos a la gala, pero durante estos pronto nació el conflicto: Hathaway no paraba de dar consejos a su compañero para mejorar su actuación, y Franco terminó hartándose. Cuando llegó la noche señalada, en el escenario se palpaba una gran tensión, así como un timing extrañísimo en las interacciones. Para la posteridad ha quedado esa imagen de Hathaway cantando radiante mientras Franco, huraño, mira la pantalla de su móvil.

Entusiasmo frente a vaguería
Entusiasmo frente a vaguería

El fantasma del bochorno

Otro punto incomodísimo de la gala fue cuando en cierto momento Franco se travistió de Marilyn Monroe, entre observaciones vanidosas sobre el hecho de que estuviera nominado al Oscar en esa gala (por 127 horas) mientras que su compañera no. Dos años después Hathaway se resarció con el premio por Los miserables, mientras la gala de 2011 pasaba a la historia como uno de los puntos más bajos de la historia del certamen. Se llegó a comparar con aquel infame número de apertura de 1989, cuando Rob Lowe encabezó un número musical al inicio de la gala inspirado en Blancanieves y los siete enanitos.

Posteriormente supimos que la primera opción para presentar habría sido Justin Timberlake, quizá una elección mucho más segura que nunca se materializó. Pero, en cualquier caso, ¿a qué viene lo de que la maldición de los presentadores empezó con Franco y Hathaway? ¿Es que antes no hubo presentaciones fallidas? Desde luego que las hubo, pero lo interesante de los Oscar de 2011 es la racha fatídica a la que dieron inicio, que conecta directamente con la actualidad. Después de Franco y Hathaway, en 2012 vino al rescate un veterano en el oficio, Billy Crystal. Las críticas fueron mejores, pero fue común leer que su labor carecía del encanto de ocasiones previas.

En 2013 vino Seth MacFarlane, abochornando a la platea con el número musical We Saw Your Boobs (dedicado a repasar las veces que el cine había mostrado desnudos de algunas de las actrices asistentes, toda una ocurrencia). Ellen DeGeneres sí consiguió, en cambio, devolver los Oscar al espectáculo colectivo gracias a su famoso selfie con los famosos. Luego vino Neil Patrick Harris, aburriendo el personal. Y Chris Rock, condicionado por las reivindicaciones al hilo de la polémica Oscars So White en 2016. En los años siguientes Jimmy Kimmel presentó dos veces seguidas, hasta que llegado 2019 se optó por Kevin Hart para quitar la ceremonia del control de gente caucásica.

Y así es como llegamos, tras unos años de parón, a Sykes, Hall y Schumer. Esperemos que lo hagan bien o que, al menos, no sea una debacle como lo fue la de Franco y Hathaway. El listón está altísimo.

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