Cuidado con los piropos

Ya seas hombre o mujer, no hay nada que levante más el ánimo que escuchar un piropo. Un piropo alegra el día. Los que de vez en cuando los recibimos lo sabemos, ¿verdad?, y correspondemos. Quienes los regalan también lo saben.
 
Observamos que hay personas que sin venir a cuento nos lisonjean, y nuestro primer pensamiento es «¡Qué buena gente!». Pero cuando ven el terreno abonado, vienen a pedirte el favor que desde hacía tiempo estaban tramando.
 
Es entonces cuando se te caen los palos del sombrajo, se te abren los ojos y te amargas. No son personas sanas.
 
Otros nos tiran flores a los pies mientras, a solas, se frotan las manos, porque ven en nosotros un futuro comprador de sus productos. No nos damos cuenta hasta que hemos caído en la trampa.
 
Particularmente, cuando alguien me halaga, ya sospecho y pregunto a saco: oye, ¿quieres algo de mí? ¿Tú vendes algo? ¡Ojo! ¡Cuidado con los piropos! Aceptarlos sale a veces muy caro.