En el vino, la verdad

Trabajo en bares, y para demostrarlo diré que un bar no es como una carpintería, una empresa de construcción, o un supermercado. Los bares no son de este mundo, aunque a muchos les cueste trabajo reconocerlo. Los bares son más parecidos a las iglesias. ¿Quieres saber por qué? Pues bien: porque lo digo yo. Son parecidos pero no son lo mismo. Los bares somos mejores. Porque a las iglesias tú vas y te dan el pan, y alguien, que todos sabemos quién es y que me callo de decir por respeto a la autoridad, pues bien, ese alguien y sólo él, se bebe todo el vino.

En los bares no, en los bares lo sagrado es sagrado y el pan es para todos y el vino también. Sin censuras. La sintonía con el milagro no entiende de escalas sociales, de teatros. Yo puedo decir que he visto a la gente sintonizar con el más allá y no por ello soltar una burrada. Los bares no son de este mundo, en los bares la gente se pone bonita, se pone que sintoniza con dios, conmigo, y con quien sea, pero todo esto es obra y gracia del vino, de ese puntito tan guapo que se cogen algunos cuando les pongo el vino.

Este hecho, el hecho de que los camareros seamos un poquito dadores de la verdad, ya sé que alguien dirá que me da un puntito místico, un rollo espiritual. Yo lo reconozco: los camareros nos parecemos a los curas. Nos parecemos, es decir, es lo mismo pero no es igual. Los camareros somos mejores. Y para demostrarlo lo digo yo, que no sólo acabo de decir lo que he dicho, sino que además de todo y de propina, hay que ver el ratito que he echado, la verdad, si es que me estoy riendo todavía.