¿Salimos ya de la Hora del Lobo?

José Ángel González
JOSE ÁNGEL GONZÁLEZ PERIODISTA

La vida es "inmensa y complicada" y "no avisa antes de hacerte daño", dice el escritor e historietista Neil Gaiman en el prólogo de Material sensible, una colección de cuentos de la que sales convencido de que nunca podrás correr más que tu sombra y que ella terminará por merendarte, pero, tranquilo: solo te zampará cuando estés maduro. Ahora que acaba un año al que le ha sobrado noche, me da por leer sobre criaturas cazadoras, pensar que en cada inhalación mis pulmones crepitan y que estoy más cerca de la madurez deseada por las sombras.

El año que se agota merece ser tachado de los anuarios

El año que se agota merece ser tachado de los anuarios. Aún no he limpiado la sangre de mi piel tras esta larga sesión de guillotina. El 31 de diciembre, cuando el mundo con derecho a fiesta formule la cuenta atrás antes del brindis y el entrelazado de lenguas, me podrán encontrar anotando en el diario la duda, también crepitante: "¿Salimos al fin de la Hora del Lobo, ese punto entre la noche y el alba en que tendemos a morir?".

Algunos seres queridos coreografiaron la muerte con un propósito asombroso que estudiarán los alumnos de Semiología del futuro, si es que la disciplina no es eliminada por la autocracia de las Ciencias Exactas. Hablo, claro, de David Bowie, ese alien que programó un oratorio en vida detallado y con storyboard, una muerte entendida como obra de arte y caricia sideral cuidada en el detalle y con significantes-sorpresa: en mayo, más de tres meses después del maldito 10 de enero, un fan descubrió, como contó en Reddit y todos corrimos a comprobar, que la carpeta de Blackstar, colocada frente al sol, proyecta una constelación de radiantes estrellas.

Otro, el díscolo Prince, el músico al que acudí con puntualidad de toxicómano desde 1980 cada vez que necesitaba, como proponen los salmos bíblicos, ‘cánticos de liberación’, falleció de una forma nada planeada, pero con fuerte carga iluminística: el cadáver del ídolo milmillonario de 57 años, el mejor compositor, intérprete de guitarra y arreglista-productor de su generación, permaneció seis horas derrumbado como una marioneta en el ascensor de Paisley Park, la Ciudad Esmeralda del funk: seis mil metros cuadrados, dos estudios, local de ensayos, una vivienda de lujo y nadie para atender la sobredosis accidental de fentanilo, el narcótico sintético opioide que tomaba Prince porque le dolían la cadera agitada y la vida derrochada.

Sin derecho a figurar en las relaciones de notables, los casi 4.000 ahogados en el nunca más homérico Mediterráneo, quizá soñando, como Leonard Cohen, con Lorca, mientras la UE sueña con la antiadherencia de las letrinas a los excrementos; mi padre, que se fue como vivió, ensimismado...

¿Cómo salir indemne? Acabaré, como empecé, citando a Gaiman. No debemos olvidar que la principal instrucción de comportamiento de nuestra vida nos la ofrecen por megafonía cada vez que subimos a un avión: "Póngase la máscara de oxígeno antes de ayudar a los demás".

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