«Los jóvenes no saben disculparse y admitir el error»

«Los jóvenes no saben disculparse y admitir el error»

María Galiana
María Galiana, la actriz que interpreta a la abuela de Cuentamé como pasó. (Vicente González)
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Llega con boina negra y guantes burdeos, ambos de angorina, bufanda roja y gafas de sol, pero tiene que pasar por maquillaje antes de empezar a grabar y todo el glamour desaparece y se convierte en Herminia, esa ‘abuela nacional’ de la serie Cuéntame cómo pasó: falda y chaquetilla de señora retro y un crucifijo dorado sobre la blusa.

En la mesa del escueto camerino, un solo símbolo de identidad: la pequeña lata de aceite de oliva reutilizada como portalápices. Sevilla, siempre presente. Cada día hace el viaje de ida y vuelta a Madrid en el tren de alta velocidad. Le gusta sentirse jornalera nómada: «Siempre lo he sido. Primero de la enseñanza y luego de la historia ésta».


La «historia ésta» la ha convertido en una heroína catódica, la abuela de todos...
El de Herminia es un papel lindísimo.


En una sociedad donde lo nuevo es un valor en sí mismo, su personaje representa la experiencia, la trascendencia de la vejez.
Vivir con una abuela o abuelo no es una obligación ni una carga, es lo natural, pero eso está pasado de moda.


¿Por qué no le gusta la expresión ‘tercera edad’?
Prefiero que me llamen vieja.

No me gusta la expresión `tercera edad', prefiero que me llamen vieja

¿Qué resuena en su corazón con la palabra viejo?
Produce mucha nostalgia considerar que lo que una ha vivido sólo le interesa a una misma. Hay que reprimirse constantemente, porque sabes que te oyen por pura condescendencia, que no interesa lo que dices.

Me quedé a las puertas del Oscar como mejor secundaria por Solas. No se lo he contado a nadie

¿Temió que su explosión como actriz en la película Solas la condenase al papel de vieja sufridora?
Ese papel fue un bombón. No se lo he contado a nadie, pero se lo voy a contar a usted: me quedé a las puertas del Oscar como mejor actriz secundaria. Me propuso la Asociación de Críticos de Nueva York. Si me llegan a nominar me da un ataque.


Es usted una hija de la guerra civil y ahora le toca ayudar a que algunos recuperen la memoria.
Cuéntame... está pensada para que todo el mundo se vea en nosotros, una familia media en la España de esos años. Los personajes son símbolos. Herminia considera que con el Caudillo todo está bien porque hay lavadoras y frigoríficos. Lo típico de la educación alienante que habíamos tenido.


¿Cómo salió usted, que estudió con monjas, de esa alienación?
Con mucho trabajo, pero no de una manera traumática. La mayoría de la gente progre posterior a mí sufrió traumas terribles. Pedro Almodóvar lo vivió como un drama, como se ve en La mala educación. Yo no puedo decir que las monjas me hicieran daño. Les debo muchísimo: una formación humana y cultural extraordinaria.


¿Ve televisión de madrugada?
Muy rara vez llego al final de Cuéntame... Me quedo dormida.


Le iba a preguntar por la telebasura. ¿A dónde tiene la impresión que puede llegar esto?
Todo se ha vulgarizado, cualquiera puede comprar a plazos en los grandes almacenes una pamela muy grande. Ya no sentimos la fascinación de lo inaccesible que nos producía la realeza y ahora son envidiadas las chicas descocadas que no tienen ninguna vergüenza en cobrar un pastón por contar sus intimidades, aunque sean mentira.


Usted fue profesora de instituto hasta la jubilación. Dicen que los alumnos españoles de secundaria están peor que nunca...
Sí, están realmente muy mal.


¿Dónde está la raíz del problema?
Estudiar por obligación no da resultados. Yo tenía alumnas que sólo estaban interesadas por el baile flamenco, ¿por qué no tienen la posibilidad de estudiar un bachillerato como el de Fama? ¿Un bachillerato que enseñe baile, escritura o guiones de cine sería malo? Se rasgan muchas vestiduras con el fracaso de los alumnos, pero los profesores tienen que seguir con la enseñanza humanística y memorística, a lo don Marcelino Menéndez Pelayo. El verdadero fracaso es que a los alumnos les importa un pito el programa, los diseños curriculares, como se dice ahora.


¿El problema, entonces, está en los planes de estudio? ¿No tiene nada que ver la actitud del alumnado?
Los jóvenes se sienten insultados cuando se les corrige, se niegan a equivocarse. Los alumnos no son capaces de decir que no se han enterado de lo que acabas de explicar.


Los jóvenes no saben disculparse y admitir el error

Quizá porque acolchan los sentimientos y no verbalizan lo que sienten.
Claro. No son reprimidos en otros terrenos: en el sexo, la defensa de los derechos y las libertades, lo cual me parece magnífico, pero, sin embargo, se están defendiendo constantemente y no quieren ser responsables.

Parece que nadie comete errores. No saben disculparse, cuando decir «caramba, me he equivocado, no pasará otra vez» es una cosa estupenda. La gente, para hablar en plata, no se arrepiente de los pecados, de lo que hace mal o deja de hacer. Vivimos en un mundo muy competitivo y pensamos que equivocarse significa perder puntos.


¿Qué opinión tiene de nuestros guardianes, de la clase política?
La política me parece una bazofia. Soy, como decía Tierno Galván, una escéptica con entusiasmo. Lo critico todo, pero sigo al pie del cañón.


¿Me diría por quién votó el 14-M?
Yo voté a los socialistas para que se fueran los otros.

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