Al abandonar la sala imaginamos a la dramaturga Angélica Liddell jugando al borde de un precipicio.
Al leer este poemario, lo natural es pensar que la poetisa Liddell es el precipicio. Impreso en tinta blanca sobre fondo negro, no sólo en lo estético –el libro es, también en lo físico, una delicia– intuimos su diferencia: los poemas se nos muestran brevísimos –rotundos como puñetazos, con apariencia de prosa manchada por la tabulación al cambiar el verso– y quieren recitarse sin aliento, con urgencia.
Si Amherst remite a la poetisa Emily Dickinson –que nació, escribió y murió allí–, los deseos de Liddell nos envían al anhelo de pureza y, en contraposición, a la idea del cuerpo como recipiente viciado de dolor y violencia. Textos oscuros que coinciden en librerías con La desobediencia, hágase en mi vientre, una plaquette con aires fanzineros editada en la colección Pliegos de Teatro y Danza. Dos caras para una misma moneda: la palabra al límite de Liddell.
No lo hagáis en casa, niños.
Trashumantes / 215 páginas / 18 euros



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