La forma de vida y la desigualdad, mortíferos

La forma de vida y la desigualdad, mortíferos

Ébola
Las desigualdades sociales generan que enfermedades como el ébola tengan efectos devastadores. (GTRES)

Hagamos del inicio de este artículo un instrumento de cálculo mortuorio. Desde que usted comenzó a leer –a una velocidad media– hasta este momento, en el mundo habrán muerto una docena de personas.

Si esos doce difuntos respondieran con fidelidad a la estadística, ocho habrían fallecido de una enfermedad cardiovascular, respiratoria, diabetes o algún tipo de cáncer; tres de malnutrición o problemas en el parto, y uno en un accidente de tráfico.

En medio siglo se calcula que la población mundial llegará a superar los 10.000 millones Los asesinos bélicos o los homicidas no matan tanto como la forma de vida o la desigualdad social. Ni por asomo: de los más o menos 56 millones de personas que murieron en el mundo en 2015, la Organización Mundial de la Salud coloca a 535.369 como víctimas de la violencia y a 181.795 como bajas mortales de las medio centenar de guerras, declaradas o larvadas, que siguen vivas en el planeta. Por cada cadáver con una bala en los intestinos o un herida de degüello hay 24 con el corazón reventado por un trombo.

Las palabras de Marco Tulio Cicerón sobre la sagrada morada entre nosotros de los difuntos –"La vida de los muertos permanece en la memoria de los vivos"– solo sirven hoy para demostrarnos que no recordamos a héroes, sino a gente con malos hábitos: con sobrepeso, sedentarios, devoradores de carne roja, hipertensos, estresados y toxicómanos del tabaco, el alcohol y los azúcares refinados. También en el camino hacia la muerte nos hemos globalizado.

La gran epidemia de estos años y del futuro, según los organismos sanitarios supranacionales, es la de las llamadas enfermedades no transmisibles, las relacionadas con la forma de vida, el ambiente o el comportamiento, que son más del 70% del total de muertes. Es revelador que la brecha entre países ricos y pobres se esté igualando en la forma de morir.

Ya no es real aquel lugar común de que a los asiáticos o a los africanos no les revienta el corazón o sufren accidentes cerebrovasculares porque comen más cereales: Kenia o la India tienen la misma proporción de ictus e isquemias cardíacas que EE UU.

En algún momento del siglo XXI la civilización entró en un nuevo periodo geológico, el Antropoceno, el primero en que los habitantes del planeta han pervertido y enviciado el hasta entonces perfecto equilibrio de la Tierra y su capacidad regenerativa.

Garantizar la integridad del dinero

El sociólogo e historiador Mike Davis (EE UU, 1946), piensa en los vivos y no en los muertos cuando describe los espantos por venir: "De mis cuatro hijos, los dos pequeños nacieron en 2003".

En poco más de una década de vida han sido testigos de una nueva época climático-geológica. Cuando tenían 5 o 6 años, la población urbana superó por primera vez a la rural. Han vivido el declinar y la caída de la Galaxia Gutenberg: en 2000 el 90% de la información de nuestra civilización estaba impresa o archivada en otras formas analógicas, como la película.

La situación se ha revertido y el 90% de toda la cultura y la ciencia está almacenada en forma digital. Cuando mis hijos tengan 50 años serán testigos de un máximo de población de entre 9.500 y 11.000 millones de habitantes. Ninguna de las 10.000 generaciones anteriores a la suya habrá vivido un cambio tal, un cambio supernova".

Más de mil millones de personas viven en extrema pobreza ¿De qué tenemos miedo?, ¿cómo han cambiado nuestros temores en los últimos 15 años?, ¿se han movido también a la velocidad de explosión estelar que constata Davis en el tránsito hacia un paradigma tan nuevo como temible? Para Mercedes Ruíz-Giménez Aguilar, presidenta de la Coordinadora de ONGD-España, la respuesta es afirmativa en la cuestión básica del reparto del dinero, que se desiguala de modo "progresivo, acelerado y escandaloso" y crea un panorama que aterroriza.

"La acumulación cada vez en menos manos es tal que hoy casi el 50% de la riqueza mundial está en manos del 1% de la población, mientras el 80% comparten tan solo el 5,5%. Más de mil millones de personas viven en extrema pobreza y podrían vivir así el resto de su vida. Además, hay que señalar que las desigualdades tienen rostro de mujer, ya que el 70% de los más pobres son mujeres y niñas".

El filósofo rumano-francés Emile Cioran (1911-1995), un profeta de la angustia, escribió en 1964 una reflexión que explota hoy, medio siglo más tarde, con poder descriptivo: "¿Qué hemos ganado con trocar miedo por ansiedad? (…) La seguridad que nos envanece disimula una agitación ininterrumpida que envenena nuestros instantes, los presentes y los futuros, haciéndolos inconcebibles".

Pobreza

Tal vez nuestro engreimiento y vanagloria hayan mutado este término, inconcebible, impensable, lo que, por descabellado, no debería suceder, en razonable, en una consecuencia más de la manera en que los poderosos se desplazan, a codazos, por la historia reciente.

La activista en pro de la justicia social Mercedes Ruíz-Giménez señala a un culpable: la concentración de la riqueza y el poder en un selecto club de acceso muy restringido: "En términos netos, la fortuna de las 80 personas más ricas del mundo se ha duplicado entre 2009 y 2014. Hoy, el que gobierna es el poder económico y financiero que ha sometido la política a sus intereses.

Otro elemento clave es la evidencia de que el actual modelo de producción, consumo y energía está llevando al planeta al borde de su capacidad de aguante. Estamos haciendo un mundo insostenible sin futuro".

Las desigualdades tienen rostro de mujer Para "crearle ardor de estómago a la bestia del capitalismo" desde los libros y las aulas, el geógrafo y teórico social británico Harvey David (1935) lleva diciendo lo mismo desde los años setenta: nos están gobernando con un solo propósito, "garantizar la calidad y la integridad del dinero", y para conseguirlo, "asegurar los derechos de la propiedad privada y garantizar, en caso necesario mediante el uso de la fuerza, el correcto funcionamiento de los mercados", los Estados han mejorado estructuras de dominación y control "militares, defensivas, policiales y legales".

En el Antropoceno, a la alianza supernova mercantil-estatal-financiera le importa bien poco la máxima de Cicerón: "De hombres es equivocarse; de locos persistir en el error".

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