Antes y después de la tragedia

La edad y las circunstancias condicionan el valor que le damos a la vida. Por eso no resulta extraño que a los 80 años haya personas cargadas de trastos que crucen amplias avenidas por el sitio inadecuado.

Por eso también es frecuente toparse con jóvenes de 19 años haciendo el macarra con sus coches en pleno centro urbano. Conforme uno se hace mayor, el valor de la vida se relativiza, el amor propio se volatiliza, los sentimientos y el cuidado se dirigen más hacia los demás y menos a uno mismo.

A edades tempranas pasa justo lo contrario. La vida propia vale mucho, la ajena... ¿qué es la vida ajena? La disipación juvenil llevada al volante, y coincidiendo con la indolencia del peatón senil, produce tragedias como la del pasado domingo.

Ahora, ¿qué se hace con la chica culpable que mató a los dos ancianos?, ¿encerrarla para que se pudra o castigarla y reeducarla? Llevados por el rencor, lo primero; llevados por la razón (y por el corazón), lo segundo.