Treinta años

El Tribunal Supremo ha confirmado la condena de Francisco Javier Astorga, El Malaguita, por el crimen de Sandra Palo.

Además se le aplica una disposición del código penal que, en los casos más graves, prevé que el plazo para la libertad condicional se refiera a la suma total de las penas impuestas, con lo que no saldrá de la cárcel antes de treinta años.

Es difícil concebir un ejemplo de crimen más odioso que el de Sandra Palo: secuestro entre varios de una mujer disminuida psíquica, para violarla y después asesinarla atrozmente y quemar su cuerpo. Nadie sentirá piedad por la condena de los autores y, seguramente, si a la gente le preguntaran por un ejemplo en que encontraría justificada la pena de muerte, muchos citarían este caso. En realidad, treinta años de cárcel equivalen a una muerte en vida. ¿Qué elegiría usted, amable lector, si pudiera optar entre la inyección letal y treinta años en una celda?

No sabemos cómo será El Malaguita dentro de treinta años, pero sí sabemos que será otra persona que no conservará de la actual más que los datos del DNI, suponiendo que para entonces exista tal documento y suponiendo que no haya engrosado antes la lista de presos asesinados o suicidados (posibilidades ambas nada descartables, habida cuenta de la duración de su condena y de las agresiones que sufren en la cárcel los delincuentes sexuales).

También sabemos que tan largo encierro no habrá servido para reinsertar socialmente a este hombre; los criminólogos consideran que cualquier privación de libertad superior a quince años es tan inútil como contraproducente para tal fin. Eso sí, se habrá cumplido el deseo de la madre de Sandra: el asesino de su hija se habrá podrido en la cárcel.