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Impuesto revolucionario

Leí hace días en nuestra edición de Alicante que la nueva ordenanza que prohíbe venta ambulante y mendicidad no había podido acabar con el mal llamado oficio de gorrilla. Una enfermedad que se extiende por España y que aquí ya tiene años de tradición. Llevó once casado con una sevillana y, desde la primera vez que vine, recuerdo que lo que más me llamó la atención fue ese pago obligado («para que no te hagan nada en el coche») en ciertas zonas de la ciudad cuando uno encuentra aparcamiento.

Por aquel entonces, en Madrid, mi ciudad natal, no existía nada similar, aunque el fenómeno ya ha aparecido cerca de hospitales y teatros. Un dinero que nadie sabe por qué hay que pagar y, mucho menos, para qué. Dicen algunos que para que esas personas se ganen la vida y no caigan en la delincuencia. Es posible. El problema es que lo que antes era una propina por indicarte un lugar vacío ahora es un impuesto revolucionario. El gorrilla te ve aparcar, sale corriendo y te da los buenos días. Eso, casi siempre, termina valiendo un euros. Nunca la buena educación costó tanto.

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