Debería prohibirse a los viejetes levantarse a la 7.00 de la mañana y plantar silla y sombrilla en la arena e irse a hacer recados. ¡Venga hombre, que eso es especular con la arena! Ni qué decir de los padres que van con el bebé y se ponen a fumar como descosíos, y los niños venga a tirar agua, venga a tirar arena y ellos, echando espumarajos de nicotina, ni se enteran. Aquí no hace falta invertir en policías ni en ordenanzas, sino en la educación que nos falta.
Garrulos no, gracias
Cartagena ha prohibido dar por saco con las palas, poner la radio a toda pastilla o pasearse con el perro por la arena. La ordenanza puede parecer severa, pero se queda corta. Deberían prohibir que los pijos fondeen su barco a tres metros de la orilla. Se gastan 30 millones, no saben navegar, pero se creen Álvaro de Marichalar. También debería estar prohibido que las garrulillas usaran bronceador de vainilla: revuelven a las abejas y huelen a autobús de pueblo. Ni qué decir de los que en cuanto coges el sueño te despiertan: ¿Quiele un masaje?




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