¡Habrase visto cosa igual! ¿Qué vida le esperaba a alguien que no acierta ni a pelar un conejo? Pero quién sabe ya de vientos solanos, abuelo, ni de pedriscos, ni de trillos y celemines, ni de navajas triperas, ni de albardas y sarmientos, ni de panes sobaos, ni de penas sobrás. Cuanto menos de pelar un bicho orejudo de ese porte y con tan mala cara. Y allí siguió el puñetero tras la sentencia, tan callaico, pero tan firme; tan abatojao, pero tan soberbio. Hecho un roble el tío, pero hecho un lío. El futuro le sorprendió aquella mañana en que su nieta le preguntó cómo se pelaba un conejo.
Retrato en sepia
Los surcos de la frente, los de la tierra y los de la memoria eran el mismo paisaje en aquel anciano recio y fortachón con olor a adormidera y a tabaco de liar. Tan fundido estaba con sus polvos y sus lodos. El futuro le sorprendió mirando a un horizonte esquivo aquella mañana en que su nieta, la de las trenzas morenas que tanto le recordaba a su santa, maestra en fugas prematuras, le preguntó cómo diantres se pelaba un conejo.




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