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Galicia mágica: acantilados, faros y playas salvajes en la Costa da Vela

Monte do Facho, cerca de Cangas del Morrazo.
Monte do Facho.
Getty Images/iStockphoto

Según antiguas creencias, las almas de los muertos poblaban las islas atlánticas. Quizás por eso, allá en el siglo III, eran muchos los peregrinos que se acercaban hasta el santuario del dios galaico Bero Breu, al que adoraban los habitantes de lugares cercanos y pedían salud. Hoy podemos hacerlo también si ascendemos por el camino de piedra que nos lleva, junto a los restos de un poblado castreño, a lo más alto del Monte do Facho, sinónimo de antorcha, que hace referencia a la pequeña torre del siglo XVII construida con restos de aras romanas. Al monte se accede desde Donón, cuya traducción sería algo así como “recinto de piedra”. Estamos en el punto más occidental de la península del Morrazo, que separa las rías de Vigo y Pontevedra. A más de 180 metros de altura las vistas son increíbles, con toda la Costa da Vela a nuestros pies.

Desde el Monte do Facho las vistas son increíbles, con toda la Costa da Vela a nuestros pies
Playa de Melide.
Playa de Melide.
Getty Images/iStockphoto

Sendas entre árboles

El mar y los pinos se funden en el paisaje que forma una de las franjas costeras más agrestes de Galicia, con acantilados de vértigo y playas salvajes, como la de Nerga, en Cangas, nuestro punto de partida. Rodeado de vegetación, es un agradable arenal, con tranquilas y cristalinas aguas, que se extiende entre Punta Mexilloeira y Punta Creixiña, justo en medio de un impresionante sistema dunar. Aunque está muy cerca, tardaremos un poco en llegar a nuestro siguiente destino: la playa de Barra. El camino nos llevará, primero, por pistas sin asfaltar, y, después, por sendas entre árboles que hay que recorrer sin prisas para disfrutar de la naturaleza y, también, del viento, que se deja sentir en cuanto llegamos a la orilla. Completa el triángulo la playa de Melide. De arena fina y apenas 250 metros, ofrece una estupenda panorámica de las islas Cíes.

Faro de Robaleira.
Faro de Robaleira.
Getty Images/iStockphoto

Un monstruo en el mar

Junto a la playa encontramos el faro de Punta Subrido, espigado, de color blanco, y, un poco más adelante, el de Robaleira, pequeño y rojo, tendencia entre los instagramers, al igual que la escultura de hierro en forma de caracola por entre la que se deja ver el sol. Son dos de los símbolos del cabo Home, un paraíso casi virgen, rodeado de altos acantilados donde el mar exhibe toda su furia. El faro que lo corona, del mismo nombre, fue construido en 1853 a 143 metros sobre el nivel del mar. La habitual niebla invernal fue el motivo por el que se le añadió una sirena, conocida como la Vaca de Fisterra, para avisar a los navegantes de posibles peligros. Y vaya si los había. Cuenta la leyenda que las puntiagudas rocas que sobresalen del agua son las púas petrificadas de un gigantesco monstruo al que solo logró vencer el valiente guerrero Oridón.

El singular faro de Robaleira, pequeño y rojo, es tendencia entre los "instagramers"
Anochecer en la playa de Nerga.
Anochecer en la playa de Nerga.
Getty Images/iStockphoto

Puesta de sol en el paraíso

Desde este punto la ruta avanza hacia el Facho de Donón. Pero no será esta nuestra meta. La península del Morrazo aún nos tiene reservada una sorpresa más, Aldán, que guarda todo un tesoro: el cruceiro de Hío, del siglo XIX. Situado en el atrio de la iglesia parroquial, está tallado casi en su totalidad en un solo bloque de granito. La expulsión de Adán y Eva del Paraíso es una de las escenas que podemos observar en él antes de descubrir nuestro propio edén en alguna de las playas que salpican la ría. Desde Lagos y Area de Bon, en Bueu, la puesta de sol es mágica. Como toda esta costa.

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