Hace ya 20 años que Shigetaka Kurita, un empleado del servicio de internet móvil japonés i-mode, inventó los emojis. Su principal objetivo: aportar a la mensajería móvil instantánea emociones o matices como los que suelen transmitir nuestros gestos y voz en una comunicación personal, y que se pierden en los breves textos de un chat.

La necesidad era imperiosa en Japón, un país que abrazó especialmente pronto la mensajería móvil ya que sus reglas de etiqueta pública restringen las conversaciones de voz en el transporte público, donde cientos de carteles recuerdan a los pasajeros que pongan sus móviles en silencio.

Así que Kurita decidió inspirarse en el manga, donde a menudo se añaden dibujitos para indicar emociones de los personajes como, por ejemplo, la bombilla en la cabeza para mostrar que han tenido una idea. Y, a pesar de que sus primeros 176 emojis eran bastante feos (Kurita era economista y no diseñador), el invento tuvo un éxito rotundo, empujando a otras telecos japonesas y luego en todo el mundo a incorporar los pequeños simbolitos en sus mensajerías móviles.

Tal fue la popularidad global de los emojis, que un organismo internacional –Unicode– se encarga de estandarizar cada nuevo emoji para que funcione en cualquier móvil u ordenador del planeta, como las letras del alfabeto. Y es que los simbolitos, que nacieron como un mero complemento al lenguaje escrito, se han convertido en un lenguaje en sí mismo, en ocasiones sustituyendo al texto.

Es el caso, por ejemplo, de los niños de 3 a 5 años que aún no saben escribir pero que ya hacen sus pinitos con Whatsapp. A diferencia de los adultos, no prefieren los emojis de emociones (guiño, sonrisa…) que aderezan el lenguaje escrito, sino los pictogramas que retratan directamente cosas, como animales o comida. Son los nativos del nuevo idioma.